top of page

Artículos escritos por psicólogos

Contenido profesional para orientarte, comprenderte mejor y acompañar tu bienestar emocional.
ba090f67-14b1-443e-9728-69ae39bc3951.png

26 resultados encontrados

  • IA y salud mental: cuando una respuesta rápida no reemplaza un proceso terapéutico

    IA y salud mental: cuando una respuesta rápida no reemplaza un proceso terapéutico La inteligencia artificial empezó a ocupar un lugar cada vez más presente en la vida cotidiana. Muchas personas la utilizan para organizar tareas, buscar información, escribir, estudiar o resolver dudas rápidas. También, cada vez con más frecuencia, algunas personas recurren a chatbots o aplicaciones de bienestar cuando atraviesan malestar emocional, ansiedad, soledad, angustia o momentos de confusión. Esto abre una pregunta importante: ¿puede una herramienta de inteligencia artificial reemplazar un proceso terapéutico? La respuesta requiere cuidado. La tecnología puede ser útil en algunos aspectos. Puede ayudar a ordenar ideas, acercar información general, proponer preguntas para reflexionar o acompañar ciertos hábitos de autocuidado. Sin embargo, cuando hablamos de salud mental, una respuesta rápida no equivale a una comprensión clínica. La American Psychological Association advierte que los chatbots de inteligencia artificial generativa y las aplicaciones de bienestar no deberían utilizarse como sustituto de la atención brindada por profesionales calificados de la salud mental. También señala la necesidad de considerar sus límites, sus riesgos y la falta de evidencia suficiente sobre su seguridad y eficacia en muchos contextos. La diferencia entre responder y comprender Una herramienta de inteligencia artificial puede responder con rapidez. Puede generar textos claros, ofrecer sugerencias generales o devolver una frase que suene empática. Pero la terapia no consiste solamente en recibir una respuesta. Un proceso terapéutico implica escucha, evaluación clínica, construcción de vínculo, seguimiento, contexto, responsabilidad profesional y una comprensión singular de la persona que consulta. No es lo mismo decir “me siento ansioso” en una conversación aislada que poder explorar cuándo aparece esa ansiedad, cómo se manifiesta, qué historia tiene, qué vínculos la activan, qué recursos existen y qué lugar ocupa en la vida de esa persona. La salud mental no se comprende solo por síntomas. Se comprende también por la historia, el cuerpo, los vínculos, el contexto, los duelos, los recursos, las defensas, las condiciones de vida y el momento subjetivo de cada persona. El riesgo de una respuesta convincente Uno de los desafíos de la inteligencia artificial es que muchas veces puede responder con seguridad, aun cuando la respuesta no sea suficiente, adecuada o clínicamente precisa. En salud mental, esto es especialmente delicado. Una persona en un momento de vulnerabilidad puede recibir una respuesta que parece contenerla, pero que no necesariamente evalúa el riesgo, la complejidad del caso o la necesidad de pedir ayuda profesional. También puede ocurrir que una herramienta refuerce una interpretación equivocada, simplifique demasiado una situación o no detecte señales que requieren atención urgente. El problema no es que la tecnología exista. El problema aparece cuando se la utiliza como si pudiera reemplazar el criterio clínico, la responsabilidad ética y la presencia de un profesional. Cuando la disponibilidad se confunde con acompañamiento Una de las razones por las que muchas personas recurren a chatbots o aplicaciones es su disponibilidad. Están ahí a cualquier hora, responden rápido y no requieren esperar un turno. Esa accesibilidad puede resultar atractiva, sobre todo cuando alguien se siente solo, angustiado o no sabe a quién recurrir. Pero estar disponible no es lo mismo que acompañar terapéuticamente. El acompañamiento profesional no se define solo por la posibilidad de responder. Se define por la calidad de la escucha, la formación, la ética, la evaluación del riesgo, la confidencialidad, el encuadre y la capacidad de construir un proceso en el tiempo. La terapia no es únicamente un espacio para hablar. Es un espacio donde lo que se dice puede ser alojado, pensado y trabajado dentro de un vínculo profesional. El vínculo terapéutico no es una simulación En un proceso psicológico, el vínculo terapéutico tiene un valor central. No se trata de una relación informal ni de una conversación genérica. Es un vínculo profesional, construido dentro de un encuadre, con objetivos clínicos, límites claros y responsabilidad ética. Ese vínculo permite que la persona pueda desplegar su malestar, revisar sus modos de interpretar lo que le sucede, registrar patrones, construir recursos y elaborar experiencias que muchas veces no se resuelven con una respuesta inmediata. Una herramienta digital puede simular empatía, pero no puede sustituir la experiencia de ser escuchado por otro sujeto con formación clínica, responsabilidad profesional y capacidad de intervenir según la singularidad del caso. La diferencia no es menor. En salud mental, la forma en que alguien escucha, pregunta, espera, interviene o guarda silencio también forma parte del proceso. Privacidad y cuidado de la información personal Otro punto importante es la privacidad. Cuando una persona habla de salud mental, puede compartir información muy sensible: síntomas, conflictos familiares, experiencias traumáticas, pensamientos de riesgo, relaciones, miedos, consumo de sustancias, diagnósticos o situaciones íntimas. Por eso, es fundamental preguntarse dónde queda esa información, cómo se utiliza y qué nivel de protección tiene. En una consulta psicológica, el trabajo profesional está regulado por normas éticas, confidencialidad y responsabilidad legal. En cambio, no todas las aplicaciones o herramientas digitales ofrecen el mismo nivel de resguardo, claridad o control sobre los datos que una persona comparte. La facilidad de acceso no debería hacernos perder de vista que hablar de salud mental implica un nivel especial de cuidado. Tecnología sí, pero no como reemplazo Pensar críticamente el uso de inteligencia artificial en salud mental no significa rechazar la tecnología. Las herramientas digitales pueden tener un lugar valioso si se utilizan con criterio. Pueden servir para acceder a información general, registrar estados de ánimo, organizar preguntas para llevar a terapia, sostener hábitos de autocuidado o acompañar ciertos ejercicios entre sesiones, siempre que no se las confunda con un tratamiento psicológico. El problema aparece cuando una persona queda sola frente a una herramienta que no puede evaluar integralmente su situación, no conoce su historia, no puede sostener un proceso clínico y no siempre está preparada para responder ante situaciones de riesgo. La tecnología puede acompañar algunos aspectos del cuidado, pero no reemplaza la presencia, el juicio clínico y la responsabilidad de un profesional. La importancia de pedir ayuda profesional Muchas personas llegan a buscar respuestas rápidas porque están cansadas, confundidas o sienten que no tienen con quién hablar. Esa búsqueda merece ser tomada en serio. Pero cuando el malestar persiste, se intensifica o empieza a afectar la vida cotidiana, es importante consultar con un profesional de la salud mental. Un proceso terapéutico permite construir una comprensión más profunda de lo que ocurre. No ofrece respuestas automáticas ni soluciones inmediatas, pero sí un espacio de trabajo clínico donde la persona puede ser escuchada, acompañada y orientada de acuerdo con su situación particular. En tiempos donde la tecnología promete respuestas rápidas, quizás sea necesario recordar que no todo lo importante se resuelve con inmediatez. La salud mental requiere tiempo, contexto, escucha y responsabilidad. Una respuesta puede aliviar por un momento. Un proceso terapéutico puede ayudar a comprender, elaborar y cambiar. Fuente consultada: American Psychological Association. Health Advisory on the Use of Generative AI Chatbots and Wellness Applications for Mental Health. — Escrito por Hagamos Terapia

  • Ansiedad: cuando la mente no puede detenerse

    Ansiedad: cuando la mente no puede detenerse La ansiedad es una de las consultas más frecuentes en salud mental en la actualidad. Puede manifestarse de diferentes maneras. En algunas personas predominan las sensaciones físicas, como tensión muscular, inquietud o dificultad para relajarse. En otras, se expresa principalmente a través de preocupaciones recurrentes, pensamientos anticipatorios o una tendencia a imaginar posibles escenarios negativos. La ansiedad puede aparecer en forma de pensamientos persistentes que resultan difíciles de detener. Otras veces se manifiesta principalmente a través del cuerpo: dificultad para dormir, presión en el pecho, sensación de falta de aire, respiración acelerada o irritabilidad. En muchos casos, la ansiedad se vuelve tan cotidiana que las personas terminan acostumbrándose a vivir así, sin identificar claramente lo que les está sucediendo. Sin embargo, sostener niveles elevados de ansiedad durante períodos prolongados puede generar un importante desgaste emocional y físico. ¿Qué es la ansiedad? La ansiedad es una respuesta emocional y física que aparece frente a situaciones que el cerebro percibe como amenaza, peligro o incertidumbre. En cierta medida, la ansiedad es normal y forma parte del funcionamiento humano. De hecho, el sistema nervioso está preparado para activarse ante posibles riesgos con el objetivo de ayudarnos a reaccionar, protegernos o anticiparnos a determinadas situaciones. El problema aparece cuando ese sistema de alerta permanece activado de manera frecuente, intensa o constante, incluso cuando no existe un peligro real e inmediato. En esos casos, la persona puede experimentar preocupación persistente, dificultad para relajarse, hipervigilancia o una necesidad excesiva de anticipar y controlar aquello que podría ocurrir. Muchas veces la mente permanece enfocada en posibles problemas futuros, revisando situaciones una y otra vez o intentando prevenir errores de manera constante. Y el cuerpo acompaña ese estado de activación. Por eso la ansiedad no solamente se piensa: también se experimenta físicamente. ¿Cuál es la diferencia entre la ansiedad esperable y un trastorno de ansiedad? La ansiedad forma parte de la experiencia humana y todas las personas la experimentan en determinados momentos de la vida. Sin embargo, cuando la ansiedad comienza a presentarse con frecuencia, genera malestar significativo o interfiere en áreas importantes de la vida cotidiana, puede ser necesario prestar atención a lo que está ocurriendo. Los trastornos de ansiedad suelen caracterizarse por preocupaciones persistentes, síntomas físicos frecuentes y dificultades que impactan en el bienestar, los vínculos, el descanso, el trabajo o las actividades cotidianas. La diferencia no radica en la presencia o ausencia de ansiedad, sino en el grado de interferencia que esta genera en la vida de la persona. ¿Cómo se siente la ansiedad? La ansiedad puede manifestarse de formas muy diferentes según cada persona. Algunas personas presentan preocupación constante. Otras describen sensación de alerta, pensamientos repetitivos, miedo a perder el control o dificultad para relajarse. También puede generar síntomas físicos como tensión muscular, palpitaciones, dificultad para dormir o sensación de inquietud permanente. Muchas veces las personas consultan primero a médicos clínicos, cardiólogos o gastroenterólogos porque sienten síntomas físicos reales y luego descubren que detrás de ese malestar también existe un componente emocional. En algunos casos, incluso llegan a naturalizar vivir en estado de alerta permanente porque sostienen ese nivel de activación desde hace mucho tiempo. Ansiedad y síntomas físicos La ansiedad no es únicamente un fenómeno psicológico. El cuerpo participa activamente en este proceso. Cuando el sistema nervioso permanece activado durante períodos prolongados, el organismo funciona como si estuviera preparándose constantemente para responder frente a una amenaza. Por este motivo, muchas personas desarrollan síntomas físicos asociados a la ansiedad y al estrés. Muchas veces, esos síntomas generan más preocupación, lo que incrementa la activación y contribuye a mantener el problema. De esta manera puede generarse un círculo en el que la preocupación, los síntomas físicos y la ansiedad se retroalimentan mutuamente. Cuando la mente no puede frenar Una de las manifestaciones más habituales de la ansiedad es la tendencia a mantener la mente ocupada de forma constante con preocupaciones o posibles escenarios futuros. La mente tiende a revisar conversaciones, anticipar problemas, analizar situaciones repetidamente o intentar prever aquello que podría salir mal. Desde la neurociencia sabemos que el cerebro humano está preparado para detectar amenazas y anticiparse a posibles peligros. Sin embargo, en contextos de estrés sostenido, sobrecarga emocional o incertidumbre prolongada, este sistema puede mantenerse hiperactivado. Como consecuencia, la persona puede experimentar agotamiento mental incluso después de haber descansado o de disponer de tiempo libre. Crisis de ansiedad En algunos casos, la ansiedad puede intensificarse y dar lugar a una crisis de ansiedad. Durante una crisis, la persona puede sentirse, angustiada y/o con dificultad para recuperar la calma. También pueden aparecer síntomas como presión en el pecho, respiración acelerada, palpitaciones, tensión, llanto o pensamientos repetitivos. Una crisis de ansiedad no necesariamente es un ataque de pánico. El ataque de pánico suele tener una aparición más brusca, mayor intensidad física y miedo intenso a morir, desmayarse o perder el control. La ansiedad no siempre se presenta como una crisis Existe la idea de que la ansiedad se manifiesta únicamente a través de crisis de angustia, ataques de pánico o episodios de gran intensidad emocional. Sin embargo, en la práctica clínica esto no siempre sucede. Muchas personas con ansiedad nunca han experimentado una crisis de pánico. Es cierto que cuando los niveles de ansiedad alcanzan una intensidad muy elevada pueden aparecer crisis de ansiedad o ataques de pánico. Sin embargo, la ansiedad no siempre llega a expresarse de esa manera. En numerosas ocasiones las personas conviven con niveles de ansiedad moderados pero persistentes en el tiempo, que no generan una crisis aguda, aunque sí producen malestar y afectan la calidad de vida cotidiana. En estos casos, la ansiedad puede expresarse de maneras mucho más silenciosas: • Preocupación constante • Dificultad para desconectarse de las preocupaciones • Necesidad de tener todo bajo control • Problemas para descansar • Sensación de tensión permanente • Dificultad para disfrutar el presente • Pensamientos repetitivos • Hipervigilancia frente a posibles problemas • Necesidad constante de anticiparse a lo que podría suceder Cuando la ansiedad se mantiene durante períodos prolongados, las personas suelen adaptarse progresivamente a ese nivel de activación. Como consecuencia, experiencias como la preocupación constante, la anticipación de posibles dificultades, la tensión física persistente o la dificultad para desconectarse de las preocupaciones pueden llegar a normalizarse. Esto hace que, en muchas ocasiones, el malestar pase desapercibido o sea minimizado, a pesar de las consecuencias que genera en diferentes áreas de la vida cotidiana. ¿Por qué aparece la ansiedad? No existe una única causa. La ansiedad puede relacionarse con situaciones de estrés sostenido, conflictos vinculares, experiencias traumáticas, incertidumbre, cambios importantes, exceso de responsabilidades o falta de descanso. La ansiedad suele responder a la interacción de factores biológicos, psicológicos y contextuales. ¿Cómo influye el contexto actual? Vivimos en un contexto caracterizado por una elevada estimulación constante. Las pantallas, las redes sociales, el exceso de información, la inmediatez y la presión constante por responder o producir pueden dificultar los espacios de descanso y recuperación. Por eso, cada vez más personas refieren cansancio emocional, dificultad para relajarse o sensación de vivir permanentemente aceleradas. ¿La ansiedad tiene tratamiento? Sí. La ansiedad puede abordarse eficazmente mediante tratamiento psicológico. A través de la terapia es posible comprender qué factores están contribuyendo al malestar y desarrollar herramientas para afrontarlo de una manera más saludable. Entre otros objetivos, el trabajo terapéutico puede ayudar a regular emociones, identificar patrones de pensamiento, desarrollar estrategias de afrontamiento y comprender qué factores están sosteniendo el malestar. Cada proceso requiere una evaluación individual. ¿Cuándo buscar ayuda profesional? Buscar ayuda puede ser importante cuando la ansiedad: • Afecta el descanso • Dificulta disfrutar de actividades cotidianas • Impacta en los vínculos • Genera malestar físico • Produce angustia frecuente • Desencadena crisis de ansiedad • Afecta el trabajo o la concentración • Interfiere significativamente en la vida cotidiana No es necesario esperar a que el malestar sea muy intenso para consultar. Cuanto antes se comprenda aquello que está ocurriendo, mayores suelen ser las posibilidades de desarrollar recursos para afrontarlo de manera efectiva. La ansiedad puede hacer que una persona se sienta agotada, acelerada o desconectada de sí misma durante largos períodos. Y aunque estas experiencias son frecuentes, eso no significa que deban considerarse normales o inevitables. Pedir ayuda también es salud mental. — Escrito por Hagamos Terapia

  • Fobia: Cuando sentimos un miedo irracional ante determinada situación

    A veces las personas expresan un miedo irracional a algunos animales, al ascensor, a estar en espacios cerrados, entre otros; a estos miedos sin explicación aparente se los denomina fobias. Desde la perspectiva del psicoanálisis, la fobia no es simplemente un miedo intenso e irracional a un objeto o situación específica. Es, ante todo, un síntoma, una formación de compromiso que revela un conflicto psíquico profundo e inconsciente. Lejos de ser un fallo azaroso del sistema nervioso, la fobia es una solución de compromiso ingeniosa, aunque dolorosa, que el aparato psíquico construye para protegerse de una amenaza mucho mayor y más angustiante: un deseo o una representación intolerable para el yo. El objeto fóbico funciona como una especie de "pantalla" donde se deposita una angustia más profunda. Para Freud, la angustia surge de conflictos inconscientes que la persona no puede reconocer directamente. La fobia permite que esa angustia se ligue a algo concreto y externo. En cierto sentido, es más fácil tener miedo a un objeto determinado que enfrentarse a una angustia difusa y sin nombre. Jacques Lacan profundiza en la idea de que la fobia es una respuesta a un encuentro con lo real, es decir, con aquello que es imposible de simbolizar, un agujero en el sentido. La fobia opera como un "significante" que organiza la angustia difusa y la ancla a un objeto. El fóbico, al construir un objeto de miedo específico, crea un mapa de seguridad: sabe dónde está el peligro y cómo evitarlo. La fobia es, en este sentido, una defensa contra la angustia de no saber qué se teme. La importancia de la terapia analítica en el tratamiento de la fobia El psicoanálisis aborda la fobia desde su raíz inconsciente. Su importancia radica en que no busca simplemente eliminar el síntoma (lo cual, a veces, puede provocar la aparición de otro síntoma más grave), sino en develar el conflicto subyacente que le dio origen. A través de la asociación libre, el análisis de los sueños y la transferencia, el terapeuta puede ayudar al paciente a descubrir qué representa realmente el objeto fóbico. ¿A qué deseo o miedo primario está ligado?. Por otro lado, otro de los objetivos puede ser historizar el síntoma; en otras palabras, se busca conectar la fobia actual con la historia infantil del sujeto, identificando el momento traumático o el conflicto edípico que se reprimió y se desplazó. El objetivo no es que el paciente deje de tener miedo a las arañas (aunque esto suele ocurrir como consecuencia), sino que pueda simbolizar y elaborar el conflicto original. Al hacer consciente lo inconsciente, la energía libidinal que estaba atada al síntoma se libera y puede ser reinvestida en otras actividades más creativas y placenteras. La fobia es una forma de no desear. La terapia apunta a que el paciente pueda reconocer y asumir sus propios deseos, por conflictivos que sean, en lugar de proyectarlos en el mundo exterior. Conclusión La fobia, desde el psicoanálisis, deja de ser un simple trastorno del comportamiento para convertirse en un testimonio de la complejidad de la vida psíquica. Es una estructura de defensa que revela la lucha del sujeto con sus deseos más profundos, su historia temprana y su relación con la falta y la angustia. La terapia psicoanalítica ofrece un camino que no se limita a la remisión del síntoma, sino que busca una transformación subjetiva. Al comprender el sentido de su miedo, el paciente puede recuperar la libertad que la fobia le había arrebatado, no solo para acercarse al objeto temido, sino para reencontrarse con aquello que verdaderamente había evitado: una parte esencial y a menudo dolorosa de sí mismo. La cura, entonces, no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de desear y de vivir a pesar de él, integrando la angustia como parte constitutiva de la experiencia humana. Cuando aparece un miedo irracional a determinados animales o a algunas situaciones en particular, podemos estar frente a una fobia. Consulta con la Lic. Ma. Agustina Dari y comienza un análisis donde puedas trabajar para develar el conflicto subyacente que puede estar ocasionando la fobia. — Escrito por María Agustina Dari Ver ficha del profesional

  • Por qué cuesta tanto cambiar...

    Creo que casi todos hemos sentido esto alguna vez: ese momento en el que sabés exactamente qué tendrías que hacer para avanzar, y aun así… no lo hacés. Llamar a esa persona con quien quedó algo sin resolver. Retomar la terapia que dejaste a medias. Tener esa conversación que venís postergando hace semanas. Empezar el proyecto que te da vueltas en la cabeza. No es que no quieras. Tampoco es que seas vago o vaga, ni que te falte fuerza de voluntad. Es algo mucho más profundo que eso, y tiene nombre. Tu cerebro no está saboteándote. Está haciendo su trabajo. Desde la neurociencia, existe un concepto que cambió mucho como encaro todo: el cerebro es, ante todo, una máquina de eficiencia energética. Y esto es entendible si pensamos que cada vez que repetimos una conducta, se forma y se refuerza una conexión neuronal. Con el tiempo, esas conexiones se vuelven autopistas: rápidas, automáticas, económicas en términos de energía. Hacer lo que siempre hiciste le cuesta mucho menos energía a tu cerebro que probar algo nuevo. Cambiar, en cambio, implica construir caminos nuevos. Y eso consume energía. Literalmente. La neuroplasticidad —la capacidad del cerebro de reorganizarse y crear nuevas conexiones— es real y la verdad es que es maravillosa. Pero no es gratuita. Requiere esfuerzo, repetición, tolerancia a la incomodidad que esto conlleva. El cerebro, si puede, prefiere el camino conocido. No porque sea malo, sino porque es eficiente. Dicho de otra forma: cuando sentís resistencia o incomodidad ante algo nuevo, tu cerebro está funcionando perfectamente. El problema no es que algo esté roto. El problema es que lo que fue adaptativo en algún momento, hoy ya no te sirve. La resistencia que describió Freud hace más de un siglo Es curioso que el psicoanálisis llegó a una conclusión similar, aunque desde un lugar completamente distinto. Sigmund Freud observó lo siguiente en sus pacientes: incluso cuando las personas querían cambiar, algo en ellas se oponía. No de forma consciente ni deliberada. Era una fuerza más silenciosa, más profunda. La llamó resistencia. La idea central es que una parte de nosotros se aferra al status quo psíquico, aunque ese status quo nos genere malestar. ¿Por qué? Porque lo conocido, aunque duela, al menos es predecible. El cambio, en cambio, es incierto. Y la incertidumbre es, para la psiquis, una amenaza. Dicho en otras palabras, es más cómodo el malestar conocido, que la incomodidad y malestar del cambio. No importa que racionalmente sepas que cambiar sería mejor para vos. Hay una parte más instintiva, que prefiere el dolor conocido al alivio desconocido. Cuando lo pensás así, la resistencia deja de ser un defecto de carácter y se convierte en algo mucho más comprensible: un mecanismo de protección que ya cumplió su función, pero que todavía no recibió el memo de que las cosas cambiaron. Lo que dice la terapia cognitivo-conductual: la trampa de la evitación Desde el enfoque con el que yo trabajo —la terapia cognitivo-conductual—, hay un concepto que explica gran parte del sufrimiento humano: la evitación experiencial. Cuando algo nos genera malestar —una emoción difícil, una situación amenazante, un pensamiento que nos incomoda— tendemos a hacer todo lo posible para evitarlo. Y funciona. A corto plazo, evitar alivia. El problema es lo que pasa después. Cada vez que evitamos algo, le mandamos a nuestro cerebro un mensaje implícito: “esto era peligroso, hice bien en escapar.” Y eso refuerza el miedo. Y la próxima vez que aparece esa situación, el impulso de evitar es todavía más fuerte. Así, con el tiempo, la vida se va achicando. Las cosas que evitamos se vuelven más grandes en nuestra cabeza. Y el alivio que sentimos al esquivarlas dura cada vez menos, porque el malestar de fondo sigue ahí, intacto. La salida es simple, pero no es fácil: hay que ir hacia lo que incomoda. Exponerse. De a poco. Con ayuda. Descubrir que se puede tolerar más de lo que creíamos. Tres escuelas, la misma conclusión Lo que me resulta hermoso de todo esto es que tres tradiciones completamente distintas —la neurociencia, el psicoanálisis y la terapia cognitivo-conductual— llegan a la misma conclusión desde caminos diferentes: Evitar la incomodidad es humano. Es lo más automático. Y es el principal obstáculo para crecer. No porque seamos débiles. No porque nos falte algo. Sino porque funcionamos así. Porque en algún momento de la evolución, conservar energía y evitar el peligro era la diferencia entre sobrevivir y no. Entonces, ¿qué hacemos con esto? Primero: dejar de pelear contra vos mismo o vos misma. La resistencia no es tu enemiga. El impulso de evitar lo incómodo no es una señal de que sos incapaz. Son partes tuyas que están haciendo lo que aprendieron a hacer. Reconocerlas, nombrarlas, entender de dónde vienen, ya es un primer paso enorme. Segundo: entender que la incomodidad no es la señal de que algo está mal. A veces es exactamente lo contrario. La incomodidad que sentís cuando querés cambiar algo, cuando querés crecer, cuando empezás a hacer las cosas diferente… esa incomodidad es la señal de que algo se está moviendo. De que estás construyendo algo nuevo. De que el cerebro está trabajando hacia resultados diferentes. Y tercero: ir despacio está bien. No hay que atravesar todo de una. Tampoco hay que tirarse al vacío ni tener todo resuelto de antemano. Los cambios reales, los que duran, casi siempre son graduales. Son pequeños gestos repetidos en el tiempo. Son pequeños pasos en un camino largo. Son decisiones cotidianas, casi invisibles, que van creando una nueva vivencia. — Escrito por Sole Correa Ver ficha del profesional

  • Cuando no hay red: vivir sin familia cerca, por la razón que sea

    En las últimas semanas se hizo conocido en Argentina un proyecto llamado Se alquila abuela: una iniciativa que conecta a mujeres mayores de 50 años con personas o familias que buscan acompañamiento, cuidado cotidiano o simplemente esa presencia cálida que uno asocia a una abuela. Retirar a los chicos del colegio, preparar una comida, estar disponible. Algo tan simple como eso. La propuesta generó reacciones de todo tipo. Pero más allá del debate, hay algo que ese proyecto pone en palabras de manera muy concreta: hay muchas personas que no tienen a nadie cerca. Y los motivos por los que eso ocurre son muy distintos entre sí. NO HAY UNA SOLA FORMA DE QUEDARSE SIN RED A veces la distancia es geográfica: la familia existe, pero está en otra ciudad, en otro país, en otro ritmo de vida. A veces la distancia es otra: hay familia, pero la relación está rota, o nunca funcionó bien, o el vínculo se fue desgastando hasta volverse casi inexistente. Y a veces, simplemente, las personas que uno amaba ya no están —por fallecimiento, por pérdidas que se acumulan con el tiempo. Estas situaciones son muy distintas entre sí y cada una tiene su propio peso. Pero todas comparten algo: dejan a la persona sin una red que en otro tiempo (propio o imaginado) hubiera estado ahí. CUANDO LA FAMILIA NO FUE UN LUGAR SEGURO Hay algo que merece nombrarse aparte: para algunas personas, la familia de origen nunca fue una red de apoyo. Fue, al contrario, una fuente de conflicto, de daño o de ausencia. En esos casos, el duelo es distinto y muchas veces más silencioso, porque no hay una pérdida clara que otros puedan reconocer. No se perdió algo que existía. Se perdió algo que nunca estuvo, y eso también duele. Quienes crecieron en entornos familiares difíciles suelen llegar a la adultez con una relación compleja con la idea misma de red: a veces sin saber bien qué es lo que necesitan, a veces desconfiando de los vínculos, a veces cargando con la sensación de que pedir apoyo es demasiado o no corresponde. ¿QUÉ SE EXTRAÑA, EXACTAMENTE? Cuando falta la red (por la razón que sea) no siempre es fácil ponerle nombre a lo que se siente. No siempre es soledad en el sentido clásico. A veces es agotamiento: la sensación de que todo depende de uno solo, de que no hay margen para equivocarse o para estar mal. A veces es una especie de orfandad práctica: no tener a quién llamar en una emergencia, no tener con quién compartir una buena noticia sin tener que explicar demasiado el contexto. La familia (cuando funciona bien) no es solo afecto. Es también una memoria compartida, una presencia que no requiere coordinación previa, alguien que te conoce de antes. Eso no se improvisa fácilmente, y su ausencia tiene efectos reales en el día a día. LO QUE EL "ALQUILER" MUESTRA SIN QUERER El proyecto Se alquila abuela puede leerse de muchas maneras. Pero una de las más interesantes es esta: que hay personas que llegan a buscar en otro lado algo que en otro tiempo encontraban (o hubieran querido encontrar) en su entorno familiar. Y que esa búsqueda no tiene nada de vergonzoso. Necesitar contención, compañía o apoyo cotidiano es completamente humano. Lo que varía es el contexto en el que cada uno intenta cubrirlo. Y a veces, eso implica construir redes nuevas, de maneras que no estaban previstas: amistades profundas, comunidades de pertenencia, vínculos elegidos que con el tiempo se vuelven tan importantes como los heredados o más. Hay personas que construyen, a lo largo de su vida, una familia que no es la de sangre. Eso no es un plan B. Es una forma legítima y valiosa de estar en el mundo. QUÉ PODÉS HACER CON ESTO Si algo de lo que leíste te resonó (sea porque vivís lejos, porque la relación con tu familia es difícil, o porque perdiste personas importantes) puede ser una oportunidad para preguntarte: ¿con quién cuento hoy? No en términos de cantidad, sino de disponibilidad real. ¿Hay alguien que sabe cómo estás? ¿Hay alguien a quien puedas llamar cuando las cosas se complican? Si la respuesta es difícil, no es un diagnóstico ni un motivo de alarma. Es simplemente información. A veces esa información lleva a buscar nuevos vínculos, a entender por qué cuesta tanto conectar, o a explorar qué historia personal está detrás de esa dificultad. Y acompañarse en ese proceso (con tiempo, con paciencia, y a veces con ayuda profesional) puede marcar una diferencia real. — Escrito por Maria Eugenia Miret Ver ficha del profesional

  • ¿Cómo saber si necesito Terapia Psicológica?

    ¿Cómo saber si necesito terapia psicológica? La mayoría de las personas no comienza terapia en el momento en que aparece el malestar. Habitualmente transcurre un tiempo entre los primeros indicios de malestar emocional y la decisión de buscar ayuda profesional. Durante ese período, muchas personas intentan comprender por sí mismas lo que les ocurre, buscan explicaciones, conversan con personas cercanas o esperan que la situación mejore con el paso del tiempo. En algunos casos esto sucede. En otros, el malestar permanece, se vuelve más frecuente o comienza a impactar en diferentes áreas de la vida. La ansiedad, el estrés, las dificultades vinculares, la sensación de agotamiento emocional, la tristeza persistente o la dificultad para gestionar determinadas situaciones suelen ser algunos de los motivos que llevan a una persona a consultar. No siempre resulta sencillo identificar cuándo es el momento adecuado para comenzar terapia. Sin embargo, cuando aquello que nos sucede empieza a afectar nuestro bienestar, nuestros vínculos, nuestro descanso o nuestra calidad de vida, es importante contar con un espacio profesional que ayude a comprender lo que está ocurriendo y a desarrollar herramientas para afrontarlo. Buscar ayuda psicológica no implica que exista una incapacidad para resolver los problemas personales. Implica reconocer que en algunas situaciones necesitamos acompañamiento y una mirada profesional, desde un espacio pensado específicamente para trabajar sobre dichas situaciones que generan malestar. Cuando el malestar deja de ser algo ocasional Las emociones difíciles forman parte de la experiencia humana. Sentir tristeza después de una pérdida, preocupación frente a una situación incierta o angustia ante un cambio importante es esperable. Sin embargo, existen momentos en los que estas experiencias dejan de ser respuestas transitorias y comienzan a ocupar un lugar cada vez más central. Algunas personas describen que ya no recuerdan cuándo fue la última vez que se sintieron verdaderamente tranquilas. Otras refieren que pasan gran parte del día anticipando problemas, pensando escenarios posibles o intentando controlar situaciones que todavía no ocurrieron. También es frecuente experimentar una sensación constante de tensión, como si el cuerpo permaneciera preparado para responder ante una amenaza que nunca termina de llegar. Cuando este estado de alerta se sostiene durante semanas, meses o incluso años, suele generar un importante desgaste emocional y físico. Cuando algo empieza a repetirse Una señal importante para considerar la posibilidad de iniciar terapia es la repetición del malestar. A veces no se trata de una crisis evidente, sino de situaciones que vuelven una y otra vez: la misma forma de vincularse, la misma dificultad para poner límites, la misma sensación de agotamiento, los mismos pensamientos o la misma tendencia a exigirse más de lo que se puede sostener. También puede ocurrir que una persona responda aparentemente sin inconvenientes o de manera adaptada en su vida cotidiana, pero por dentro sienta tensión, tristeza, inseguridad, irritabilidad o desconexión. Cuando algo se repite, se intensifica o empieza a limitar la vida cotidiana, puede ser importante detenerse y pedir acompañamiento profesional. Señales que pueden indicar la necesidad de acompañamiento psicológico No existe una única señal que indique cuándo comenzar terapia. Cada historia es diferente y cada persona atraviesa los procesos emocionales de manera particular. Sin embargo, algunas experiencias suelen ser: • Ansiedad o preocupación persistente, • Dificultad para gestionar emociones intensas, • Sensación de agotamiento emocional frecuente, • Cambios en el sueño o en el descanso, • Pensamientos negativos recurrentes, • Dificultad para tomar decisiones, • Irritabilidad constante, • Problemas en los vínculos personales o de pareja, • Baja autoestima o inseguridad, • Sensación de vacío o desconexión personal, • Estrés sostenido, • Dificultades para poner límites, • Miedo excesivo a equivocarse, • Necesidad constante de aprobación, • Dificultad para adaptarse a cambios importantes. También existen personas que no logran identificar exactamente qué les ocurre. No pueden ponerle un nombre preciso a su malestar, pero sienten que algo no está funcionando de la misma manera que antes. Y eso también merece atención. No siempre es necesario comprender perfectamente lo que sucede para buscar ayuda. Esto se puede descubrir en entrevista conjuntamente con un profesional de la salud mental. El costo de convivir durante mucho tiempo con el malestar emocional Uno de los aspectos más importantes de la salud mental es que los problemas psicológicos no siempre permanecen iguales con el paso del tiempo. Cuando la ansiedad, el estrés o el sufrimiento emocional se sostienen durante períodos prolongados, suelen impactar en diferentes áreas de la vida. Puede verse afectada la calidad del descanso, la concentración, la productividad, los vínculos, la autoestima y la capacidad para disfrutar actividades que antes resultaban significativas. En algunos casos, la persona comienza a organizar su vida alrededor de aquello que genera malestar o incluso que intenta evitar. Evita conversaciones, situaciones, decisiones o experiencias que generan incomodidad emocional. Evitar puede producir alivio a corto plazo. A largo plazo, suele reducir la libertad personal y limitar progresivamente la vida cotidiana. La terapia no es solamente un espacio para resolver problemas Durante muchos años se difundió la idea de que acudir al psicólogo era algo reservado para momentos de crisis. Actualmente sabemos que la terapia también puede cumplir otras funciones. Muchas personas comienzan un proceso terapéutico porque desean: • Conocerse mejor, • Comprender patrones que se repiten en sus relaciones, • Aprender a gestionar emociones difíciles, • Fortalecer su autoestima, • Mejorar su bienestar emocional, • Atravesar cambios importantes de manera más saludable, • Desarrollar herramientas para afrontar situaciones futuras. La terapia no consiste únicamente en reducir síntomas. También puede convertirse en un espacio de reflexión, crecimiento personal y desarrollo de recursos emocionales. ¿Qué puede aportar un proceso terapéutico? Cada tratamiento es único porque cada persona llega con una historia distinta. Sin embargo, existen algunos objetivos que suelen repetirse en numerosos procesos terapéuticos. La terapia puede ayudar a: • Comprender el origen de ciertos malestares, • Identificar patrones de pensamiento y comportamiento, • Mejorar la regulación emocional, • Desarrollar recursos para afrontar situaciones difíciles, • Fortalecer la autoestima, • Mejorar la calidad de los vínculos, • Aprender a establecer límites saludables, • Disminuir los niveles de ansiedad y estrés, • Tomar decisiones con mayor claridad, • Construir una relación más amable y consciente con uno mismo. Además, muchas personas encuentran por primera vez un espacio donde pueden expresar libremente aquello que sienten sin temor a ser juzgadas. La importancia de encontrar un profesional adecuado El vínculo terapéutico es uno de los factores que más contribuyen al éxito de un tratamiento psicológico. Por este motivo, es importante encontrar un profesional con quien la persona se sienta cómoda, escuchada y respetada. No todos los enfoques terapéuticos son iguales ni todos los profesionales trabajan de la misma manera. Encontrar un espacio donde exista confianza y seguridad emocional suele favorecer significativamente el proceso. Hablar de salud mental también es una forma de cuidado Cuidar la salud mental implica mucho más que intervenir cuando aparece un problema grave. Implica prestar atención a lo que sentimos, reconocer nuestras necesidades emocionales y permitirnos buscar acompañamiento cuando algo está generando sufrimiento, malestar o afectando nuestra calidad de vida. La ansiedad, el estrés, los conflictos vinculares, la autoestima o las dificultades emocionales no tienen por qué atravesarse en soledad. Consultar con un profesional puede ser el primer paso para comprender mejor lo que está ocurriendo y comenzar a construir formas más saludables de relacionarse con uno mismo, con los demás y con lo que nos rodea. Conclusión La salud mental no siempre se expresa a través de síntomas manifiestos evidentes. En muchas ocasiones se manifiesta como preocupación constante, tensión emocional, agotamiento, dificultad para disfrutar o sensación de estar viviendo con un nivel de exigencia que resulta difícil sostener en el tiempo. Buscar ayuda psicológica no significa que exista incapacidad personal para afrontar los problemas. Significa reconocer que el bienestar mental y emocional merece atención, cuidado y espacio. La terapia puede ofrecer herramientas, comprensión y acompañamiento para afrontar dificultades presentes, prevenir futuros malestares y desarrollar una vida con mayor equilibrio y bien — Escrito por Hagamos Terapia

bottom of page