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Por qué cuesta tanto cambiar...

  • Foto del escritor: Sole Correa
    Sole Correa
  • hace 8 horas
  • 4 min de lectura

Creo que casi todos hemos sentido esto alguna vez: ese momento en el que sabés exactamente qué tendrías que hacer para avanzar, y aun así… no lo hacés.

 

Llamar a esa persona con quien quedó algo sin resolver. Retomar la terapia que dejaste a medias. Tener esa conversación que venís postergando hace semanas. Empezar el proyecto que te da vueltas en la cabeza.

 

No es que no quieras. Tampoco es que seas vago o vaga, ni que te falte fuerza de voluntad. Es algo mucho más profundo que eso, y tiene nombre.

Tu cerebro no está saboteándote. Está haciendo su trabajo.

 

Desde la neurociencia, existe un concepto que cambió mucho como encaro todo: el cerebro es, ante todo, una máquina de eficiencia energética.

Y esto es entendible si pensamos que cada vez que repetimos una conducta, se forma y se refuerza una conexión neuronal. Con el tiempo, esas conexiones se vuelven autopistas: rápidas, automáticas, económicas en términos de energía. Hacer lo que siempre hiciste le cuesta mucho menos energía a tu cerebro que probar algo nuevo.

 

Cambiar, en cambio, implica construir caminos nuevos. Y eso consume energía. Literalmente.

 

La neuroplasticidad —la capacidad del cerebro de reorganizarse y crear nuevas conexiones— es real y la verdad es que es maravillosa. Pero no es gratuita. Requiere esfuerzo, repetición, tolerancia a la incomodidad que esto conlleva. El cerebro, si puede, prefiere el camino conocido. No porque sea malo, sino porque es eficiente.

 

Dicho de otra forma: cuando sentís resistencia o incomodidad ante algo nuevo, tu cerebro está funcionando perfectamente. El problema no es que algo esté roto. El problema es que lo que fue adaptativo en algún momento, hoy ya no te sirve.

 

La resistencia que describió Freud hace más de un siglo

 

Es curioso que el psicoanálisis llegó a una conclusión similar, aunque desde un lugar completamente distinto.

Sigmund Freud observó lo siguiente en sus pacientes: incluso cuando las personas querían cambiar, algo en ellas se oponía. No de forma consciente ni deliberada. Era una fuerza más silenciosa, más profunda. La llamó resistencia.

 

La idea central es que una parte de nosotros se aferra al status quo psíquico, aunque ese status quo nos genere malestar. ¿Por qué? Porque lo conocido, aunque duela, al menos es predecible. El cambio, en cambio, es incierto. Y la incertidumbre es, para la psiquis, una amenaza. Dicho en otras palabras, es más cómodo el malestar conocido, que la incomodidad y malestar del cambio.

 

No importa que racionalmente sepas que cambiar sería mejor para vos. Hay una parte más instintiva, que prefiere el dolor conocido al alivio desconocido.

 

Cuando lo pensás así, la resistencia deja de ser un defecto de carácter y se convierte en algo mucho más comprensible: un mecanismo de protección que ya cumplió su función, pero que todavía no recibió el memo de que las cosas cambiaron.

 

Lo que dice la terapia cognitivo-conductual: la trampa de la evitación

 

Desde el enfoque con el que yo trabajo —la terapia cognitivo-conductual—, hay un concepto que explica gran parte del sufrimiento humano: la evitación experiencial.

 

Cuando algo nos genera malestar —una emoción difícil, una situación amenazante, un pensamiento que nos incomoda— tendemos a hacer todo lo posible para evitarlo. Y funciona. A corto plazo, evitar alivia.

 

El problema es lo que pasa después.

 

Cada vez que evitamos algo, le mandamos a nuestro cerebro un mensaje implícito: “esto era peligroso, hice bien en escapar.” Y eso refuerza el miedo. Y la próxima vez que aparece esa situación, el impulso de evitar es todavía más fuerte.

 

Así, con el tiempo, la vida se va achicando. Las cosas que evitamos se vuelven más grandes en nuestra cabeza. Y el alivio que sentimos al esquivarlas dura cada vez menos, porque el malestar de fondo sigue ahí, intacto.

 

La salida es simple, pero no es fácil: hay que ir hacia lo que incomoda. Exponerse. De a poco. Con ayuda. Descubrir que se puede tolerar más de lo que creíamos.

 

Tres escuelas, la misma conclusión

 

Lo que me resulta hermoso de todo esto es que tres tradiciones completamente distintas —la neurociencia, el psicoanálisis y la terapia cognitivo-conductual— llegan a la misma conclusión desde caminos diferentes:

 

Evitar la incomodidad es humano. Es lo más automático. Y es el principal obstáculo para crecer.

 

No porque seamos débiles. No porque nos falte algo. Sino porque funcionamos así. Porque en algún momento de la evolución, conservar energía y evitar el peligro era la diferencia entre sobrevivir y no.

 

Entonces, ¿qué hacemos con esto?

 

Primero: dejar de pelear contra vos mismo o vos misma.

La resistencia no es tu enemiga. El impulso de evitar lo incómodo no es una señal de que sos incapaz. Son partes tuyas que están haciendo lo que aprendieron a hacer. Reconocerlas, nombrarlas, entender de dónde vienen, ya es un primer paso enorme.

 

Segundo: entender que la incomodidad no es la señal de que algo está mal.

A veces es exactamente lo contrario. La incomodidad que sentís cuando querés cambiar algo, cuando querés crecer, cuando empezás a hacer las cosas diferente… esa incomodidad es la señal de que algo se está moviendo. De que estás construyendo algo nuevo. De que el cerebro está trabajando hacia resultados diferentes.

 

Y tercero: ir despacio está bien.

No hay que atravesar todo de una. Tampoco hay que tirarse al vacío ni tener todo resuelto de antemano. Los cambios reales, los que duran, casi siempre son graduales. Son pequeños gestos repetidos en el tiempo. Son pequeños pasos en un camino largo. Son decisiones cotidianas, casi invisibles, que van creando una nueva vivencia.

Escrito por Sole Correa

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