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Artículos escritos por psicólogos

Contenido profesional para orientarte, comprenderte mejor y acompañar tu bienestar emocional.
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3 resultados encontrados

  • Por qué cuesta tanto cambiar...

    Creo que casi todos hemos sentido esto alguna vez: ese momento en el que sabés exactamente qué tendrías que hacer para avanzar, y aun así… no lo hacés. Llamar a esa persona con quien quedó algo sin resolver. Retomar la terapia que dejaste a medias. Tener esa conversación que venís postergando hace semanas. Empezar el proyecto que te da vueltas en la cabeza. No es que no quieras. Tampoco es que seas vago o vaga, ni que te falte fuerza de voluntad. Es algo mucho más profundo que eso, y tiene nombre. Tu cerebro no está saboteándote. Está haciendo su trabajo. Desde la neurociencia, existe un concepto que cambió mucho como encaro todo: el cerebro es, ante todo, una máquina de eficiencia energética. Y esto es entendible si pensamos que cada vez que repetimos una conducta, se forma y se refuerza una conexión neuronal. Con el tiempo, esas conexiones se vuelven autopistas: rápidas, automáticas, económicas en términos de energía. Hacer lo que siempre hiciste le cuesta mucho menos energía a tu cerebro que probar algo nuevo. Cambiar, en cambio, implica construir caminos nuevos. Y eso consume energía. Literalmente. La neuroplasticidad —la capacidad del cerebro de reorganizarse y crear nuevas conexiones— es real y la verdad es que es maravillosa. Pero no es gratuita. Requiere esfuerzo, repetición, tolerancia a la incomodidad que esto conlleva. El cerebro, si puede, prefiere el camino conocido. No porque sea malo, sino porque es eficiente. Dicho de otra forma: cuando sentís resistencia o incomodidad ante algo nuevo, tu cerebro está funcionando perfectamente. El problema no es que algo esté roto. El problema es que lo que fue adaptativo en algún momento, hoy ya no te sirve. La resistencia que describió Freud hace más de un siglo Es curioso que el psicoanálisis llegó a una conclusión similar, aunque desde un lugar completamente distinto. Sigmund Freud observó lo siguiente en sus pacientes: incluso cuando las personas querían cambiar, algo en ellas se oponía. No de forma consciente ni deliberada. Era una fuerza más silenciosa, más profunda. La llamó resistencia. La idea central es que una parte de nosotros se aferra al status quo psíquico, aunque ese status quo nos genere malestar. ¿Por qué? Porque lo conocido, aunque duela, al menos es predecible. El cambio, en cambio, es incierto. Y la incertidumbre es, para la psiquis, una amenaza. Dicho en otras palabras, es más cómodo el malestar conocido, que la incomodidad y malestar del cambio. No importa que racionalmente sepas que cambiar sería mejor para vos. Hay una parte más instintiva, que prefiere el dolor conocido al alivio desconocido. Cuando lo pensás así, la resistencia deja de ser un defecto de carácter y se convierte en algo mucho más comprensible: un mecanismo de protección que ya cumplió su función, pero que todavía no recibió el memo de que las cosas cambiaron. Lo que dice la terapia cognitivo-conductual: la trampa de la evitación Desde el enfoque con el que yo trabajo —la terapia cognitivo-conductual—, hay un concepto que explica gran parte del sufrimiento humano: la evitación experiencial. Cuando algo nos genera malestar —una emoción difícil, una situación amenazante, un pensamiento que nos incomoda— tendemos a hacer todo lo posible para evitarlo. Y funciona. A corto plazo, evitar alivia. El problema es lo que pasa después. Cada vez que evitamos algo, le mandamos a nuestro cerebro un mensaje implícito: “esto era peligroso, hice bien en escapar.” Y eso refuerza el miedo. Y la próxima vez que aparece esa situación, el impulso de evitar es todavía más fuerte. Así, con el tiempo, la vida se va achicando. Las cosas que evitamos se vuelven más grandes en nuestra cabeza. Y el alivio que sentimos al esquivarlas dura cada vez menos, porque el malestar de fondo sigue ahí, intacto. La salida es simple, pero no es fácil: hay que ir hacia lo que incomoda. Exponerse. De a poco. Con ayuda. Descubrir que se puede tolerar más de lo que creíamos. Tres escuelas, la misma conclusión Lo que me resulta hermoso de todo esto es que tres tradiciones completamente distintas —la neurociencia, el psicoanálisis y la terapia cognitivo-conductual— llegan a la misma conclusión desde caminos diferentes: Evitar la incomodidad es humano. Es lo más automático. Y es el principal obstáculo para crecer. No porque seamos débiles. No porque nos falte algo. Sino porque funcionamos así. Porque en algún momento de la evolución, conservar energía y evitar el peligro era la diferencia entre sobrevivir y no. Entonces, ¿qué hacemos con esto? Primero: dejar de pelear contra vos mismo o vos misma. La resistencia no es tu enemiga. El impulso de evitar lo incómodo no es una señal de que sos incapaz. Son partes tuyas que están haciendo lo que aprendieron a hacer. Reconocerlas, nombrarlas, entender de dónde vienen, ya es un primer paso enorme. Segundo: entender que la incomodidad no es la señal de que algo está mal. A veces es exactamente lo contrario. La incomodidad que sentís cuando querés cambiar algo, cuando querés crecer, cuando empezás a hacer las cosas diferente… esa incomodidad es la señal de que algo se está moviendo. De que estás construyendo algo nuevo. De que el cerebro está trabajando hacia resultados diferentes. Y tercero: ir despacio está bien. No hay que atravesar todo de una. Tampoco hay que tirarse al vacío ni tener todo resuelto de antemano. Los cambios reales, los que duran, casi siempre son graduales. Son pequeños gestos repetidos en el tiempo. Son pequeños pasos en un camino largo. Son decisiones cotidianas, casi invisibles, que van creando una nueva vivencia. — Escrito por Sole Correa Ver ficha del profesional

  • Cuando no hay red: vivir sin familia cerca, por la razón que sea

    En las últimas semanas se hizo conocido en Argentina un proyecto llamado Se alquila abuela: una iniciativa que conecta a mujeres mayores de 50 años con personas o familias que buscan acompañamiento, cuidado cotidiano o simplemente esa presencia cálida que uno asocia a una abuela. Retirar a los chicos del colegio, preparar una comida, estar disponible. Algo tan simple como eso. La propuesta generó reacciones de todo tipo. Pero más allá del debate, hay algo que ese proyecto pone en palabras de manera muy concreta: hay muchas personas que no tienen a nadie cerca. Y los motivos por los que eso ocurre son muy distintos entre sí. NO HAY UNA SOLA FORMA DE QUEDARSE SIN RED A veces la distancia es geográfica: la familia existe, pero está en otra ciudad, en otro país, en otro ritmo de vida. A veces la distancia es otra: hay familia, pero la relación está rota, o nunca funcionó bien, o el vínculo se fue desgastando hasta volverse casi inexistente. Y a veces, simplemente, las personas que uno amaba ya no están —por fallecimiento, por pérdidas que se acumulan con el tiempo. Estas situaciones son muy distintas entre sí y cada una tiene su propio peso. Pero todas comparten algo: dejan a la persona sin una red que en otro tiempo (propio o imaginado) hubiera estado ahí. CUANDO LA FAMILIA NO FUE UN LUGAR SEGURO Hay algo que merece nombrarse aparte: para algunas personas, la familia de origen nunca fue una red de apoyo. Fue, al contrario, una fuente de conflicto, de daño o de ausencia. En esos casos, el duelo es distinto y muchas veces más silencioso, porque no hay una pérdida clara que otros puedan reconocer. No se perdió algo que existía. Se perdió algo que nunca estuvo, y eso también duele. Quienes crecieron en entornos familiares difíciles suelen llegar a la adultez con una relación compleja con la idea misma de red: a veces sin saber bien qué es lo que necesitan, a veces desconfiando de los vínculos, a veces cargando con la sensación de que pedir apoyo es demasiado o no corresponde. ¿QUÉ SE EXTRAÑA, EXACTAMENTE? Cuando falta la red (por la razón que sea) no siempre es fácil ponerle nombre a lo que se siente. No siempre es soledad en el sentido clásico. A veces es agotamiento: la sensación de que todo depende de uno solo, de que no hay margen para equivocarse o para estar mal. A veces es una especie de orfandad práctica: no tener a quién llamar en una emergencia, no tener con quién compartir una buena noticia sin tener que explicar demasiado el contexto. La familia (cuando funciona bien) no es solo afecto. Es también una memoria compartida, una presencia que no requiere coordinación previa, alguien que te conoce de antes. Eso no se improvisa fácilmente, y su ausencia tiene efectos reales en el día a día. LO QUE EL "ALQUILER" MUESTRA SIN QUERER El proyecto Se alquila abuela puede leerse de muchas maneras. Pero una de las más interesantes es esta: que hay personas que llegan a buscar en otro lado algo que en otro tiempo encontraban (o hubieran querido encontrar) en su entorno familiar. Y que esa búsqueda no tiene nada de vergonzoso. Necesitar contención, compañía o apoyo cotidiano es completamente humano. Lo que varía es el contexto en el que cada uno intenta cubrirlo. Y a veces, eso implica construir redes nuevas, de maneras que no estaban previstas: amistades profundas, comunidades de pertenencia, vínculos elegidos que con el tiempo se vuelven tan importantes como los heredados o más. Hay personas que construyen, a lo largo de su vida, una familia que no es la de sangre. Eso no es un plan B. Es una forma legítima y valiosa de estar en el mundo. QUÉ PODÉS HACER CON ESTO Si algo de lo que leíste te resonó (sea porque vivís lejos, porque la relación con tu familia es difícil, o porque perdiste personas importantes) puede ser una oportunidad para preguntarte: ¿con quién cuento hoy? No en términos de cantidad, sino de disponibilidad real. ¿Hay alguien que sabe cómo estás? ¿Hay alguien a quien puedas llamar cuando las cosas se complican? Si la respuesta es difícil, no es un diagnóstico ni un motivo de alarma. Es simplemente información. A veces esa información lleva a buscar nuevos vínculos, a entender por qué cuesta tanto conectar, o a explorar qué historia personal está detrás de esa dificultad. Y acompañarse en ese proceso (con tiempo, con paciencia, y a veces con ayuda profesional) puede marcar una diferencia real. — Escrito por Maria Eugenia Miret Ver ficha del profesional

  • ¿Cómo saber si necesito Terapia Psicológica?

    ¿Cómo saber si necesito terapia psicológica? La mayoría de las personas no comienza terapia en el momento en que aparece el malestar. Habitualmente transcurre un tiempo entre los primeros indicios de malestar emocional y la decisión de buscar ayuda profesional. Durante ese período, muchas personas intentan comprender por sí mismas lo que les ocurre, buscan explicaciones, conversan con personas cercanas o esperan que la situación mejore con el paso del tiempo. En algunos casos esto sucede. En otros, el malestar permanece, se vuelve más frecuente o comienza a impactar en diferentes áreas de la vida. La ansiedad, el estrés, las dificultades vinculares, la sensación de agotamiento emocional, la tristeza persistente o la dificultad para gestionar determinadas situaciones suelen ser algunos de los motivos que llevan a una persona a consultar. No siempre resulta sencillo identificar cuándo es el momento adecuado para comenzar terapia. Sin embargo, cuando aquello que nos sucede empieza a afectar nuestro bienestar, nuestros vínculos, nuestro descanso o nuestra calidad de vida, es importante contar con un espacio profesional que ayude a comprender lo que está ocurriendo y a desarrollar herramientas para afrontarlo. Buscar ayuda psicológica no implica que exista una incapacidad para resolver los problemas personales. Implica reconocer que en algunas situaciones necesitamos acompañamiento y una mirada profesional, desde un espacio pensado específicamente para trabajar sobre dichas situaciones que generan malestar. Cuando el malestar deja de ser algo ocasional Las emociones difíciles forman parte de la experiencia humana. Sentir tristeza después de una pérdida, preocupación frente a una situación incierta o angustia ante un cambio importante es esperable. Sin embargo, existen momentos en los que estas experiencias dejan de ser respuestas transitorias y comienzan a ocupar un lugar cada vez más central. Algunas personas describen que ya no recuerdan cuándo fue la última vez que se sintieron verdaderamente tranquilas. Otras refieren que pasan gran parte del día anticipando problemas, pensando escenarios posibles o intentando controlar situaciones que todavía no ocurrieron. También es frecuente experimentar una sensación constante de tensión, como si el cuerpo permaneciera preparado para responder ante una amenaza que nunca termina de llegar. Cuando este estado de alerta se sostiene durante semanas, meses o incluso años, suele generar un importante desgaste emocional y físico. Cuando algo empieza a repetirse Una señal importante para considerar la posibilidad de iniciar terapia es la repetición del malestar. A veces no se trata de una crisis evidente, sino de situaciones que vuelven una y otra vez: la misma forma de vincularse, la misma dificultad para poner límites, la misma sensación de agotamiento, los mismos pensamientos o la misma tendencia a exigirse más de lo que se puede sostener. También puede ocurrir que una persona responda aparentemente sin inconvenientes o de manera adaptada en su vida cotidiana, pero por dentro sienta tensión, tristeza, inseguridad, irritabilidad o desconexión. Cuando algo se repite, se intensifica o empieza a limitar la vida cotidiana, puede ser importante detenerse y pedir acompañamiento profesional. Señales que pueden indicar la necesidad de acompañamiento psicológico No existe una única señal que indique cuándo comenzar terapia. Cada historia es diferente y cada persona atraviesa los procesos emocionales de manera particular. Sin embargo, algunas experiencias suelen ser: • Ansiedad o preocupación persistente, • Dificultad para gestionar emociones intensas, • Sensación de agotamiento emocional frecuente, • Cambios en el sueño o en el descanso, • Pensamientos negativos recurrentes, • Dificultad para tomar decisiones, • Irritabilidad constante, • Problemas en los vínculos personales o de pareja, • Baja autoestima o inseguridad, • Sensación de vacío o desconexión personal, • Estrés sostenido, • Dificultades para poner límites, • Miedo excesivo a equivocarse, • Necesidad constante de aprobación, • Dificultad para adaptarse a cambios importantes. También existen personas que no logran identificar exactamente qué les ocurre. No pueden ponerle un nombre preciso a su malestar, pero sienten que algo no está funcionando de la misma manera que antes. Y eso también merece atención. No siempre es necesario comprender perfectamente lo que sucede para buscar ayuda. Esto se puede descubrir en entrevista conjuntamente con un profesional de la salud mental. El costo de convivir durante mucho tiempo con el malestar emocional Uno de los aspectos más importantes de la salud mental es que los problemas psicológicos no siempre permanecen iguales con el paso del tiempo. Cuando la ansiedad, el estrés o el sufrimiento emocional se sostienen durante períodos prolongados, suelen impactar en diferentes áreas de la vida. Puede verse afectada la calidad del descanso, la concentración, la productividad, los vínculos, la autoestima y la capacidad para disfrutar actividades que antes resultaban significativas. En algunos casos, la persona comienza a organizar su vida alrededor de aquello que genera malestar o incluso que intenta evitar. Evita conversaciones, situaciones, decisiones o experiencias que generan incomodidad emocional. Evitar puede producir alivio a corto plazo. A largo plazo, suele reducir la libertad personal y limitar progresivamente la vida cotidiana. La terapia no es solamente un espacio para resolver problemas Durante muchos años se difundió la idea de que acudir al psicólogo era algo reservado para momentos de crisis. Actualmente sabemos que la terapia también puede cumplir otras funciones. Muchas personas comienzan un proceso terapéutico porque desean: • Conocerse mejor, • Comprender patrones que se repiten en sus relaciones, • Aprender a gestionar emociones difíciles, • Fortalecer su autoestima, • Mejorar su bienestar emocional, • Atravesar cambios importantes de manera más saludable, • Desarrollar herramientas para afrontar situaciones futuras. La terapia no consiste únicamente en reducir síntomas. También puede convertirse en un espacio de reflexión, crecimiento personal y desarrollo de recursos emocionales. ¿Qué puede aportar un proceso terapéutico? Cada tratamiento es único porque cada persona llega con una historia distinta. Sin embargo, existen algunos objetivos que suelen repetirse en numerosos procesos terapéuticos. La terapia puede ayudar a: • Comprender el origen de ciertos malestares, • Identificar patrones de pensamiento y comportamiento, • Mejorar la regulación emocional, • Desarrollar recursos para afrontar situaciones difíciles, • Fortalecer la autoestima, • Mejorar la calidad de los vínculos, • Aprender a establecer límites saludables, • Disminuir los niveles de ansiedad y estrés, • Tomar decisiones con mayor claridad, • Construir una relación más amable y consciente con uno mismo. Además, muchas personas encuentran por primera vez un espacio donde pueden expresar libremente aquello que sienten sin temor a ser juzgadas. La importancia de encontrar un profesional adecuado El vínculo terapéutico es uno de los factores que más contribuyen al éxito de un tratamiento psicológico. Por este motivo, es importante encontrar un profesional con quien la persona se sienta cómoda, escuchada y respetada. No todos los enfoques terapéuticos son iguales ni todos los profesionales trabajan de la misma manera. Encontrar un espacio donde exista confianza y seguridad emocional suele favorecer significativamente el proceso. Hablar de salud mental también es una forma de cuidado Cuidar la salud mental implica mucho más que intervenir cuando aparece un problema grave. Implica prestar atención a lo que sentimos, reconocer nuestras necesidades emocionales y permitirnos buscar acompañamiento cuando algo está generando sufrimiento, malestar o afectando nuestra calidad de vida. La ansiedad, el estrés, los conflictos vinculares, la autoestima o las dificultades emocionales no tienen por qué atravesarse en soledad. Consultar con un profesional puede ser el primer paso para comprender mejor lo que está ocurriendo y comenzar a construir formas más saludables de relacionarse con uno mismo, con los demás y con lo que nos rodea. Conclusión La salud mental no siempre se expresa a través de síntomas manifiestos evidentes. En muchas ocasiones se manifiesta como preocupación constante, tensión emocional, agotamiento, dificultad para disfrutar o sensación de estar viviendo con un nivel de exigencia que resulta difícil sostener en el tiempo. Buscar ayuda psicológica no significa que exista incapacidad personal para afrontar los problemas. Significa reconocer que el bienestar mental y emocional merece atención, cuidado y espacio. La terapia puede ofrecer herramientas, comprensión y acompañamiento para afrontar dificultades presentes, prevenir futuros malestares y desarrollar una vida con mayor equilibrio y bien — Escrito por Hagamos Terapia

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