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- Cuando la concentración falla: ¿es ansiedad, estrés o una dificultad cognitiva?
Sentarse a trabajar, leer un libro o intentar estudiar y notar que la mente se dispersa a los pocos minutos es una experiencia cada vez más frecuente y frustrante. En un entorno hiperconectado, repleto de notificaciones y demandas simultáneas, la falta de foco suele minimizarse como un simple descuido. Sin embargo, cuando esta situación se vuelve constante, el cuerpo y la mente nos están enviando una señal clara de sobrecarga. Para abordar el problema con claridad, el primer paso es entender que la falta de concentración no es la causa del malestar, sino el síntoma. Diversos factores psicológicos y orgánicos pueden alterar nuestra capacidad de atención, y aprender a distinguirlos es fundamental para encontrar el acompañamiento adecuado. 1. El estrés cronificado: un cerebro saturado Cuando vivimos bajo un estado de exigencia sostenido en el tiempo, el organismo produce cortisol y adrenalina de manera continua. Biológicamente, la mente interpreta que estamos ante una amenaza constante y prioriza los mecanismos de supervivencia por sobre las funciones reflexivas o de aprendizaje. • Cómo afecta la atención: El estrés satura la memoria de trabajo (el espacio mental temporal que usamos para retener información mientras realizamos una tarea). Al estar ocupada procesando urgencias o presiones, la mente se queda sin recursos para fijar la atención en el presente. • La señal típica: Leés el mismo párrafo tres veces y sentís que no retenés nada, o experimentás una sensación de fatiga mental intensa apenas empieza el día. 2. La ansiedad: la mente en modo hipervigilante A diferencia del estrés, que suele estar ligado a un exceso de demandas actuales, la ansiedad se alimenta de la anticipación y del temor al futuro. Una mente ansiosa salta sin cesar de un escenario catastrófico a otro. • Cómo afecta la atención: La atención es un recurso limitado. Si gran parte de tu energía cognitiva se destina a resolver hipotéticos problemas que todavía no ocurrieron ("¿Y si me equivoco?", "¿Y si el proyecto sale mal?"), el margen que te queda para la tarea actual es mínimo. La ansiedad secuestra el foco y lo redirige hacia el diálogo interno. • La señal típica: Inquietud física constante (mover las piernas, morderse las uñas o necesidad de levantarse de la silla) acompañada de pensamientos intrusivos que interrumpe lo que estás haciendo. 3. Dificultad cognitiva: cuando el problema está en el procesamiento No toda falla en la concentración responde a un factor emocional. En ocasiones, la dificultad radica en el funcionamiento de las capacidades neuropsicológicas básicas, ya sea por una condición del desarrollo, un proceso madurativo o un desgaste orgánico. • Cómo afecta la atención: Se observan alteraciones en las funciones ejecutivas, que son las encargadas de planificar, organizar y sostener la atención. Esto puede deberse a un Trastorno por Déficit de Atención en el Adulto (TDAH) no diagnosticado, a secuelas de eventos médicos (como la neblina mental post-viral) o al inicio de un deterioro cognitivo propio de la edad. • La señal típica: Dificultad histórica para organizar tareas cotidianas, tendencia extrema a perder objetos personales o una lentitud marcada para procesar información que antes manejabas con facilidad, sin importar si estás en un momento tranquilo o estresante. Claves para empezar a distinguir el origen Si bien estos factores suelen retroalimentarse (la dificultad cognitiva genera frustración, y esta aumenta la ansiedad), podés prestar atención a estos matices para entender qué predomina en tu caso: • Si el foco vuelve después de unos días de descanso o al bajar la carga de tareas, es muy probable que se trate de estrés. • Si la dispersión se acompaña de un miedo constante a equivocarte, palpitaciones y la necesidad de revisar todo muchas veces, predomina la ansiedad. • Si las fallas en la memoria y la organización se sostienen de forma continua, incluso estando de vacaciones o sin presiones externas, vale la pena evaluar una dificultad cognitiva. Identificar qué está afectando tu rendimiento es el primer paso para recuperar el control de tu rutina. No te limites a exigirte "poner más voluntad"; cuando la concentración falla de forma constante, el cerebro te está pidiendo una pausa y una mirada profesional para entender qué necesita. Si notás que la falta de foco está afectando tu trabajo, tus estudios o tu tranquilidad diaria, recordá que no tenés que resolverlo solo. Te invitamos a ingresar a la web de Hagamos Terapia, donde vas a poder contactar a profesionales independientes especializados para evaluar tu caso y diseñar estrategias a tu medida. — Escrito por Hagamos Terapia
- Rehabilitación cognitiva: qué es y cuándo puede ayudar a recuperar la autonomía
En el día a día, realizar tareas en el trabajo, planificar la agenda, recordar compromisos o mantener la concentración en una lectura parecen acciones automáticas. Sin embargo, estas actividades dependen de nuestras funciones cognitivas: la memoria, la atención, el lenguaje, la orientación y la capacidad de planificar. Cuando estas habilidades se ven afectadas, ya sea por un evento repentino, una enfermedad o el propio paso del tiempo, la rutina diaria puede volverse sumamente desafiante. Es en estos escenarios donde la rehabilitación cognitiva surge como un abordaje profesional clave para recuperar la funcionalidad y mejorar la calidad de vida. A continuación, te explicamos en qué consiste este proceso y en qué situaciones específicas resulta de gran ayuda. ¿Qué es la rehabilitación cognitiva? La rehabilitación cognitiva es un tratamiento terapéutico personalizado y estructurado que busca restablecer, estimular o compensar las funciones mentales que sufrieron alguna alteración. No se trata simplemente de realizar ejercicios de memoria de forma aislada, sino de un proceso integral guiado por profesionales de la salud mental y la neuropsicología. Este abordaje trabaja bajo dos objetivos principales: • Restauración: Entrenar las funciones afectadas mediante ejercicios específicos para intentar recuperar el nivel de rendimiento previo. • Compensación: Cuando la recuperación total no es viable, se enseña al paciente a utilizar estrategias alternativas o herramientas externas (como agendas, alarmas o aplicaciones) para que la dificultad no interfiera en su autonomía diaria. El cerebro cuenta con una capacidad llamada neuroplasticidad, que le permite reorganizarse y crear nuevas conexiones neuronales a través del entrenamiento continuo y la estimulación adecuada. ¿Cuándo puede ayudar? Situaciones clave para consultar La rehabilitación cognitiva no se aplica únicamente ante patologías graves; es una herramienta valiosa en una amplia variedad de condiciones donde se observe un impacto en el rendimiento mental. Las situaciones más comunes incluyen: • Daño cerebral adquirido: Tras haber sufrido un Accidente Cerebrovascular (ACV) o un traumatismo encéfalo craneano (TEC) debido a un accidente. En estos casos, la intervención temprana es fundamental para potenciar la recuperación de las secuelas. • Enfermedades neurodegenerativas: En las etapas iniciales de condiciones como el Alzheimer u otras demencias. Si bien no detiene el avance de la enfermedad, la estimulación cognitiva ayuda a ralentizar el deterioro y mantiene al paciente activo y conectado con su entorno por más tiempo. • Condiciones del neurodesarrollo: En jóvenes y adultos con Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) o dificultades del aprendizaje, permitiendo desarrollar habilidades de organización, foco y control de la impulsividad. • Secuelas de tratamientos médicos o virus: Fenómenos como la "neblina mental" post-COVID o las alteraciones cognitivas derivadas de la quimioterapia (chemo-brain), donde las personas experimentan fallas de memoria a corto plazo, lentitud al procesar información y fatiga mental. Cómo se transita el proceso terapéutico Para que la rehabilitación sea efectiva, el tratamiento debe ser diseñado a la medida de cada persona. El proceso suele estructurarse en las siguientes etapas: • Evaluación neuropsicológica: El profesional realiza una serie de pruebas para determinar con precisión qué funciones están preservadas y cuáles presentan dificultades. • Diseño de objetivos funcionales: Se definen metas reales y significativas para la vida del paciente, como volver a manejar el dinero, retomar el estudio o poder cocinar de forma segura sin olvidos. • Sesiones de entrenamiento: Se combinan ejercicios digitales, tareas manuales y actividades lúdicas diseñadas para desafiar al cerebro de manera progresiva. • Traspaso a la vida cotidiana: Se acompaña al paciente y a su entorno familiar en la aplicación de las nuevas estrategias en su casa o espacio de trabajo. Si notás que te cuesta concentrarte más de lo habitual, si experimentás olvidos frecuentes que complican tu rutina o si estás transitando la recuperación de un evento de salud, recordá que la consulta a tiempo con un profesional especialista te permite contar con las herramientas necesarias para cuidar tu salud cerebral y proteger tu independencia. Te invitamos a visitar la web de Hagamos Terapia. Allí podrás explorar los perfiles de profesionales independientes para encontrar el espacio terapéutico que mejor se ajuste a lo que necesitás hoy — Escrito por Hagamos Terapia
- Psicólogo para adolescentes: cuándo consultar y qué tener en cuenta
La adolescencia es una etapa de profundas transformaciones, tanto físicas como emocionales y sociales. Durante este período, es esperable que los jóvenes experimenten cambios de humor, busquen mayor independencia y cuestionen el entorno adulto. Sin embargo, para muchos padres y tutores, la línea entre las crisis evolutivas normales de la edad y las señales de alerta que requieren acompañamiento profesional puede volverse difusa. Saber cuándo es el momento adecuado para consultar a un psicólogo especialista en adolescentes y qué aspectos considerar al iniciar el proceso es fundamental para brindarles un apoyo oportuno y cuidar su salud mental. 1. Cuándo consultar: señales de alerta a tener en cuenta No todas las dificultades en la adolescencia requieren terapia, pero existen ciertos indicadores que señalan la importancia de realizar una consulta profesional. Si notás que algunas de estas conductas se sostienen en el tiempo e interfieren en su vida cotidiana, es aconsejable buscar orientación: • Cambios drásticos en el comportamiento o el humor: Irritabilidad extrema, accesos de ira frecuentes o una tristeza persistente que no se asocia a un hecho puntual. • Aislamiento prolongado: Si bien el repliegue sobre sí mismos es común en esta etapa, dejar de interactuar por completo con amigos, abandonar actividades que antes disfrutaban o recluirse excesivamente en la habitación son motivos de atención. • Baja repentina en el rendimiento escolar: Dificultades severas para concentrarse, desmotivación generalizada o un descenso abrupto en las calificaciones. • Alteraciones en el sueño o la alimentación: Insomnio crónico, somnolencia excesiva durante el día, cambios marcados en los hábitos alimentarios o una preocupación obsesiva por la imagen corporal. • Conductas de riesgo o autolesiones: Consumo problemático de sustancias, conductas temerarias o cualquier tipo de lesión física autoinfligida. Ante estas señales, la consulta debe ser inmediata. 2. Qué tener en cuenta al iniciar el proceso terapéutico El abordaje psicológico en la adolescencia tiene particularidades muy específicas que lo diferencian de la terapia con adultos o con niños. Para que el proceso sea efectivo, es importante considerar los siguientes pilares: • El respeto por la confidencialidad: Para que un adolescente confíe en el terapeuta, necesita saber que ese espacio es verdaderamente suyo. Salvo situaciones de riesgo grave para su integridad o la de terceros, el profesional mantendrá la reserva de lo conversado, aspecto que los adultos deben comprender y respetar. • La predisposición del joven: Forzar a un adolescente a ir a terapia suele generar resistencia y bloquear el tratamiento. Es fundamental conversar con él, explicarle la propuesta desde el cuidado y no desde el castigo, e involucrarlo en la decisión. • El rol activo de los padres: Aunque el espacio terapéutico pertenece al adolescente, el psicólogo mantendrá entrevistas periódicas con los padres o tutores para brindar pautas de acompañamiento familiar y evaluar los avances de manera conjunta. • La especialización del profesional: Es clave elegir a un psicólogo con formación y experiencia específica en el área infanto-juvenil, ya que cuentan con las herramientas clínicas y el lenguaje adecuado para conectar con las problemáticas de esta etapa. Acompañar el desarrollo de un hijo adolescente implica aprender a equilibrar la distancia que ellos necesitan con la presencia que los sostiene. Consultar a tiempo con un profesional no significa haber fallado en la crianza, sino habilitar un recurso valioso para que el joven transite sus crisis con mayor estabilidad y herramientas emocionales. Te invitamos a ingresar a la web de Hagamos Terapia, donde vas a poder conocer los perfiles de profesionales independientes de diversas corrientes clínicas y encontrar un espacio de acompañamiento adaptado a tus necesidades actuales. — Escrito por Hagamos Terapia
- Estrés en el trabajo: cómo las historias que nos contamos influyen en el malestar diario.
El ritmo del entorno laboral actual plantea desafíos constantes. Entre las transformaciones tecnológicas, las reuniones de alta presión y la exigencia de actualización, es habitual experimentar niveles elevados de estrés. Sin embargo, muchas veces la intensidad de este malestar no depende únicamente de las demandas externas, sino de un factor clave: lo que te decís a vos mismo sobre lo que ocurre. La forma en que interpretás las dificultades del día a día puede amplificar un problema menor y transformarlo en una fuente de angustia sustained. Aprender a identificar estos pensamientos, tomar distancia de las preocupaciones automáticas y modificar la perspectiva es fundamental para proteger tu salud mental. 1. Lo que ocurre objetivamente vs. la interpretación que construimos Todos sostenemos una conversación interna permanente. El problema aparece cuando, ante situaciones de presión, esa voz se vuelve rígida, automática y pesimista. Para regular el estrés, el primer paso es aprender a separar los hechos de las interpretaciones: • El hecho: Es lo que pasa de manera objetiva, lo concreto, lo que puede registrarse sin valoraciones. • La interpretación: Es la conclusión o la historia que construís sobre eso que pasó. El organismo no reacciona al hecho en sí, sino a la interpretación que hacés de él. Y es ese relato interno el que mantiene activado el estrés mucho más allá de la situación puntual. Pensá en una situación habitual: recibir un correo electrónico de un superior con un tono muy escueto y sin saludo inicial. • El hecho: Un mensaje de pocas palabras. • La interpretación automática: "Está molesto con mi desempeño", "Cometí un error grave", "Mi puesto está en riesgo". El cuerpo reacciona a esta última idea: se genera tensión física, opresión en el pecho y rumiación durante horas, a pesar de no existir ninguna evidencia de que el emisor esté molesto (quizás solo respondía rápidamente desde su teléfono). Para interrumpir este circuito, la clave está en tomar distancia de tus propios pensamientos. No se trata de negar lo que pensás, sino de entender que un pensamiento es solo una producción de la mente y no una verdad absoluta. Invertir unos segundos en notar que estás ante una interpretación y no ante un hecho real disminuye la carga emocional y te permite evaluar la situación con mayor objetividad. 2. La relación con los superiores: modificar la perspectiva de la estructura Las reuniones con directivos, las evaluaciones de desempeño o las devoluciones críticas suelen concentrar una gran parte del estrés laboral. Esto no responde a una falta de capacidad profesional, sino a que el sistema biológico tiende a interpretar la jerarquía como una situación de evaluación y amenaza potencial. Esta activación suele manifestarse a través de señales físicas como la aceleración del pensamiento, tensión en el cuello o la mandíbula, y la tendencia a justificarte en exceso o a guardar silencio. Para mitigar esta tensión, es necesario ordenar dos conceptos fundamentales: • El cargo es una estructura organizativa, no un juicio de valor: Una posición jerárquica responde a un organigrama de la empresa; no establece una diferencia en el valor personal de los individuos. • Una corrección señala un punto de mejora, no define tu capacidad total: Si un supervisor señala un error en un proyecto, está evaluando una tarea concreta, no tu idoneidad general como profesional. 3. El temor a la incertidumbre y los cambios en el entorno Frente a las transformaciones actuales y la irrupción de herramientas como la Inteligencia Artificial, el futuro laboral puede generarte inseguridad. Cuando carecemos de certezas, la mente suele recurrir a la preocupación constante como una estrategia para intentar anticiparse a los problemas. Sin embargo, proyectar escenarios negativos no resuelve la falta de previsión externa y produce un gran desgaste mental. En estos contextos, la clave para sostener el equilibrio consiste en aprender a diferenciar aquello que está bajo tu influencia directa de aquello que es completamente ajeno a tus decisiones. No podés controlar las reestructuraciones globales de una organización ni el ritmo de los avances del mercado, pero sí podés decidir cómo gestionar tu tiempo hoy, qué competencias técnicas empezar a estudiar o qué preguntas formular para resolver las dudas del día. Adaptarte a los cambios no implica saberlo todo de inmediato. Significa tener la capacidad de aprender paso a paso, tolerando la incomodidad de no contar con todas las respuestas en el presente y enfocando la energía únicamente en las acciones que son viables en el aquí y ahora. 4. Una guía de 5 pasos para regular el estrés en la rutina diaria Para evitar que la presión nuble tu toma de decisiones, podés poner en práctica una secuencia ordenada de cinco pasos ante una situación de tensión: • Detectá la activación: Registrá las señales físicas tempranas (hombros tensos, mandíbula apretada, urgencia por responder de forma impulsiva). • Regulá el cuerpo: Si el organismo está en un estado de alerta elevado, la mente no puede pensar con claridad. Pausá un minuto y realizá respiraciones profundas, asegurando que la exhalación sea lenta y prolongada. • Observá la narrativa: Evaluá tu pensamiento. Preguntate: ¿Esto que me preocupa es un hecho real y comprobable, o es una suposición sobre el futuro? ¿Esta idea me ayuda a resolver el problema o aumenta la presión innecesariamente? • Buscá una mirada funcional: Construí una frase alternativa que sea realista y adaptativa. Por ejemplo: "El panorama es exigente, pero puedo abordarlo paso a paso" o "Puedo implicarme en mis tareas sin necesidad de sobrecargarme". • Definí una acción consciente: Realizá un acto concreto, por pequeño que sea, que te devuelva la sensación de capacidad (ordenar las prioridades de la jornada, pedir una aclaración técnica o postergar una respuesta compleja hasta recuperar la calma). El objetivo de este proceso no es eliminar las presiones inherentes al trabajo, sino desarrollar recursos internos para responder ante ellas con mayor estabilidad, claridad y eficacia. Si notás que las exigencias del entorno laboral, la incertidumbre ante los cambios o la presión en tus interacciones diarias están generando un nivel de desgaste difícil de sobrellevar, recordá que no tenés que transitarlo en soledad. Te invitamos a ingresar a la web de Hagamos Terapia, donde vas a poder conocer los perfiles de profesionales independientes de diversas corrientes clínicas y encontrar un espacio de acompañamiento cuidado, confidencial y adaptado a tus necesidades actuales. — Escrito por Hagamos Terapia
- Ataque de pánico y crisis de ansiedad: diferencias y cuándo consultar
En el lenguaje cotidiano, es muy común escuchar las expresiones "ataque de pánico" y "crisis de ansiedad" como si fueran exactamente lo mismo. Cuando una persona experimenta una oleada intensa de malestar, palpitaciones o una sensación de agobio abrumadora, la distinción técnica de los términos es lo de menos; lo que prima es la urgencia y la incomodidad de lo que se está viviendo en el cuerpo. Sin embargo, desde el punto de vista clínico y de los manuales de diagnóstico como el DSM-5, estos dos fenómenos presentan características, intensidades y desarrollos diferentes. Comprender estas discrepancias no busca encasillar el sufrimiento, sino aportar claridad para desmitificar lo que ocurre y entender cuándo es recomendable buscar el acompañamiento de un profesional. La crisis de ansiedad: una respuesta progresiva ante el entorno La crisis de ansiedad, que en la práctica clínica se vincula a picos de angustia o estados de expectación ansiosa, se caracteriza por ser una respuesta relacionada de forma directa a una situación de estrés o conflicto identificable. • Aparición gradual: No suele irrumpir de un segundo al otro, sino que se va construyendo de a poco. Es el resultado de la acumulación de tensiones, preocupaciones laborales, exámenes, problemas familiares o situaciones de incertidumbre sostenidas en el tiempo. • Sintomatología: Se manifiesta a través de preocupación constante, persistente y de difícil control, acompañada de síntomas de tensión motora como rigidez muscular, irritabilidad, dificultades para conciliar el sueño, fatiga y una persistente sensación de opresión. • Duración: Puede prolongarse durante días o incluso semanas, fluctuando en intensidad según cómo la persona perciba y transite el problema que la está afectando. El ataque de pánico: la irrupción abrupta del miedo A diferencia de la escalada paulatina de la ansiedad, el ataque de pánico se define por su aparición repentina y por alcanzar su nivel de máxima intensidad en cuestión de pocos minutos. • Inicio inesperado: Muchas veces ocurre de forma imprevista, sin que exista un peligro real aparente o un desencadenante claro en ese preciso momento. Puede presentarse incluso cuando la persona se encuentra en un momento de calma o descansando. • Sintomatología física aguda: La vivencia corporal es sumamente intensa y abrupta. El DSM-5 delimita criterios específicos que incluyen taquicardia, temblores, dificultad marcada para respirar (sensación de asfixia), sudoración, mareos o adormecimiento de las extremidades. • Componente subjetivo de terror: Debido a la rapidez de los síntomas físicos, la persona suele experimentar pensamientos de descontrol inminente, como el miedo a morir, a perder la cordura o a perder el control sobre su propio cuerpo. • Duración acotada: Aunque la experiencia se siente eterna para quien la padece, el pico máximo de intensidad suele durar entre 10 y 20 minutos, para luego descender de forma paulatina, dejando una sensación de gran agotamiento físico y mental. ¿Cuándo es momento de realizar una consulta profesional? Experimentar un episodio aislado de ansiedad o un ataque de pánico ante un período de alta exigencia es una respuesta posible del organismo que advierte que se han sobrepasado los límites de tolerancia al estrés. Sin embargo, se vuelve aconsejable buscar un espacio de escucha y acompañamiento cuando estos episodios empiezan a reiterarse o a condicionar la vida diaria de la persona. Es pertinente consultar si se presentan las siguientes situaciones: • Interferencia en la rutina: Si el temor a volver a pasar por una situación similar hace que se eviten lugares públicos, transportes, reuniones de trabajo o espacios donde antes la persona se desenvuelve con normalidad. • Estado de hipervigilancia: Cuando se pasa gran parte del día analizando cada latido del corazón o cada cambio en la respiración por temor a que comience un nuevo episodio, habitando un constante "miedo al miedo". • Afectación del descanso y el ánimo: Si la angustia acumulada no permite dormir bien, afecta los vínculos afectivos o genera una sensación de desánimo e indefensión persistente. El sentido del espacio terapéutico Frente a la desorganización que producen los ataques de pánico y las crisis de ansiedad, la consulta con un terapeuta, no busca ofrecer una receta estándar de desactivación, sino alojar el sufrimiento de manera singular. Cada marco teórico abordará el malestar respetando la subjetividad del consultante: indagando qué historia personal se pone en juego detrás de esos síntomas, revisando el contexto biográfico en el que se desencadenan y encontrando, al ritmo de cada persona, formas de tramitar el malestar que devuelvan la previsibilidad y la tranquilidad al día a día. Si estás experimentando picos de malestar que te cuesta sobrellevar y considerás que es momento de contar con un acompañamiento cuidado, te invitamos a visitar la web de Hagamos Terapia. Allí podrás explorar los perfiles de profesionales independientes para encontrar el espacio terapéutico que mejor se ajuste a lo que necesitás hoy. — Escrito por Hagamos Terapia
- Dependencia emocional: cuando el vínculo empieza a ocuparlo todo
Compartir la vida con alguien, construir proyectos afectivos y disfrutar de la cercanía con las personas que queremos son aspectos fundamentales del bienestar humano. Sin embargo, los lazos amorosos o familiares a veces entran en terrenos complejos donde la delgada línea entre el afecto y la necesidad absoluta empieza a desdibujarse. Cuando el bienestar, las decisiones y la propia identidad quedan supeditados por completo a la presencia, la aprobación o el estado de ánimo de otra persona, es posible que estemos ante una dinámica de dependencia emocional. En este artículo, exploramos en qué consiste esta modalidad vincular, cómo se manifiesta en la vida cotidiana y de qué manera el espacio terapéutico ofrece un marco seguro para trabajar sobre este malestar. ¿Qué entendemos por dependencia emocional? Más que una categoría rígida o un diagnóstico, la dependencia emocional se comprende como una forma de vincularse caracterizada por una asimetría marcada. Quien la experimenta suele depositar en el otro la responsabilidad total de su seguridad afectiva, su autoestima y su estabilidad emocional. Es importante señalar que los seres humanos somos seres relacionales; la interdependencia —necesitar y apoyarnos en los demás— es completamente saludable. El sufrimiento aparece cuando esa necesidad se vuelve exclusiva y excluyente, al punto de que la persona siente que no puede funcionar o existir de manera autónoma si el vínculo corre el mínimo riesgo de transformarse o terminarse. Señales de que un vínculo está ocupando todo el espacio La dependencia emocional no siempre se presenta de manera explícita; a menudo se teje de forma sutil a través de hábitos y dinámicas naturalizadas. Algunas de sus manifestaciones más frecuentes incluyen: • Pérdida de la propia individualidad: Postergar los gustos, intereses, proyectos o amistades personales para amoldarse por completo a la agenda y a las preferencias de la otra persona. El espacio propio se va reduciendo hasta desaparecer. • Temor persistente al abandono o rechazo: Una preocupación constante por la posibilidad de que el vínculo se rompa. Este temor suele activar un estado de hipervigilancia, donde cualquier cambio de tono, un mensaje demorado o un silencio se interpretan como una señal de desinterés. • Dificultad para sostener el propio criterio: Ceder sistemáticamente en discusiones o decisiones importantes por miedo a generar incomodidad, distancia o un posible conflicto que ponga en riesgo la relación. • Regulación emocional externa: La tranquilidad o la angustia del día dependen exclusivamente de cómo se comportó el otro. Si la otra persona está distante, el malestar es total; si da una muestra de afecto, el alivio es inmediato, generando una dinámica de gran inestabilidad. El mito del "amor idealizado" y los mandatos culturales Muchas veces, la dificultad para reconocer la dependencia emocional radica en que nuestra cultura ha romantizado históricamente ciertas conductas que rozan el desdibujamiento personal. Frases populares como "no puedo vivir sin vos" o la idea de que amar implica fusionarse con el otro y sacrificarlo todo suelen sostener y justificar dinámicas que, en realidad, generan un profundo desgaste psicológico. Desarmar estas concepciones permite entender que un vínculo saludable no se basa en la fusión, sino en el encuentro de dos subjetividades separadas que eligen acompañarse sin dejar de ser individuos independientes. El abordaje de la dependencia emocional en terapia Afrontar la dependencia emocional puede ser un proceso movilizador, ya que implica revisar la forma en que aprendimos a amar y a ser amados. Intentar resolverlo de manera forzada o imponiéndose distancias drásticas sin comprender el fondo de la situación suele generar altos niveles de angustia o recaídas en los mismos patrones. Por este motivo, el acompañamiento de un profesional de la salud mental —desde cualquier enfoque clínico— resulta fundamental. El espacio terapéutico no juzga el afecto ni busca romper el lazo, sino que se ofrece como un lugar para: • Alojar la historia vincular: Explorar las primeras experiencias afectivas y los modelos de apego familiares para comprender de dónde viene la necesidad de aferrarse o el miedo profundo a la soledad. • Diferenciar el propio deseo: Trabajar en la recuperación de la propia voz, ayudando al consultante a reconectar con lo que siente, piensa y desea, independientemente de las expectativas del otro. • Fortalecer el sostén interno: Desarrollar recursos subjetivos para tolerar la incertidumbre y la distancia dentro de las relaciones, promoviendo una autoestima que no dependa exclusivamente de la validación externa. • Construir lazos más equitativos: Ensayar formas de comunicación y posicionamiento que permitan habitar los vínculos desde un lugar de mayor libertad, respeto mutuo y reciprocidad. Aprender a habitar los espacios afectivos sin perderse en el camino es un aprendizaje gradual. El objetivo no es aislarse o volverse autosuficiente de manera rígida, sino poder construir relaciones donde el amor sume y acompañe, en lugar de restar autonomía. Si sentís que un vínculo está absorbiendo toda tu energía o que te cuesta sostener tus propios espacios, te invitamos a consultar el buscador de Hagamos Terapia. Allí vas a poder conocer las propuestas de profesionales independientes que te acompañarán a explorar tu situación en un marco de total confidencialidad y respeto. — Escrito por Hagamos Terapia
- Ansiedad social: cuando exponerse a otros genera malestar
Ir a una reunión del trabajo, asistir a un cumpleaños donde no conocemos a mucha gente, rendir un examen oral o tener que hacer una llamada telefónica importante. Para muchas personas, estas situaciones forman parte de la rutina y se resuelven con mayor o menor comodidad. Sin embargo, para quienes experimentan ansiedad social, estos escenarios cotidianos pueden convertirse en verdaderos desafíos que generan un profundo malestar físico y emocional. Sentir ciertos nervios o timidez ante situaciones nuevas es una respuesta humana completamente natural. El problema surge cuando el temor a ser juzgado, criticado o a pasar vergüenza se vuelve tan intenso que empieza a limitar las decisiones diarias, la carrera profesional o el disfrute de los vínculos. En este artículo, analizamos de qué se trata la ansiedad social, cómo identificarla y el valor del acompañamiento profesional para abordarla. ¿Qué es la ansiedad social y cómo se manifiesta? La ansiedad social es el miedo intenso y persistente a ser evaluado negativamente por los demás en situaciones sociales o de desempeño. No se trata simplemente de "no tener ganas de sociabilizar", sino de una respuesta de alerta del organismo que se activa ante la posibilidad de quedar expuesto o de cometer un error frente a otras personas. Este malestar suele manifestarse en tres niveles de manera simultánea: • A nivel cognitivo (los pensamientos): Aparecen anticipaciones mucho antes del evento ("Me voy a quedar en blanco", "Todos van a notar que estoy nervioso/a", "Voy a decir una pavada"). Durante la situación, la atención se vuelve hipervigilante hacia uno mismo, y después del encuentro, la mente suele repasar minuciosamente cada detalle, magnificando los supuestos fallos. • A nivel físico (el cuerpo): El sistema nervioso activa la respuesta de alerta, lo que se traduce en síntomas muy reales y molestos como sudoración, temblor en las manos o en la voz, palpitaciones, enrojecimiento del rostro, tensión muscular o malestar estomacal. • A nivel conductual (las acciones): La respuesta más inmediata suele ser la evitación (inventar una excusa para no ir) o el uso de conductas de seguridad para intentar pasar desapercibido y sobrellevar el momento. La diferencia entre timidez y ansiedad social Es muy común que se utilicen estos dos términos como sinónimos, pero existen diferencias importantes en cuanto a su intensidad y al impacto que tienen en la calidad de vida: La timidez es un rasgo de la personalidad. Una persona tímida puede preferir escuchar antes que hablar, sentirse algo incómoda al principio de una reunión o tardar un poco más en entrar en confianza. Sin embargo, este rasgo no le impide sostener su trabajo, estudiar lo que desea ni armar vínculos significativos. En cambio, la ansiedad social genera un nivel de sufrimiento mucho más elevado. El miedo interfiere directamente con las metas personales. Quien la padece puede llegar a rechazar un ascenso laboral para no tener que coordinar reuniones, abandonar una materia universitaria por no exponer un trabajo, o aislarse de su entorno a pesar de tener deseos genuinos de compartir momentos con otras personas. El círculo vicioso de la evitación Cuando una situación social nos genera un nivel muy alto de ansiedad, decidir no ir (evitarla) produce un alivio inmediato. El cuerpo se relaja y los pensamientos catastróficos se apagan por un momento. Sin embargo, este alivio es una trampa a largo plazo. Al evitar exponernos, reforzamos inconscientemente la idea de que la situación era realmente peligrosa y de que no contábamos con los recursos para afrontarla. Como consecuencia, la próxima vez que nos enfrentemos a un escenario similar, el temor suele ser aún mayor, lo que puede ir achicando cada vez más nuestro mundo cotidiano y nuestras posibilidades de elección. ¿Cómo se aborda la ansiedad social desde el acompañamiento profesional? Frente al malestar que genera la ansiedad social, el espacio terapéutico funciona como un lugar donde es posible detenerse a pensar. Al ser un proceso subjetivo, cada profesional —desde su marco teórico, ya sea psicoanalítico, sistémico, cognitivo-conductual o integrativo— buscará alojar la palabra de quien consulta y trabajar con la singularidad de su historia y de su sufrimiento. Independientemente de la línea de trabajo, el proceso se orienta a: • Dar lugar al sentido: Indagar qué significa para cada persona la mirada del otro y qué hilos de la historia personal se ponen en juego en ese temor a quedar expuesto. • Comprender la dinámica relacional y emocional: Explorar cómo se entrama la ansiedad con los vínculos significativos, el entorno actual y la forma en que se experimentan las respuestas corporales. • Revisar las exigencias internas: Identificar las valoraciones severas sobre el propio desempeño, promoviendo una relación más comprensiva y menos punitiva con uno mismo. • Desplegar recursos singulares: Acompañar en la construcción de herramientas propias y en el respeto de los tiempos individuales para retomar proyectos postergados, recuperando la libertad de elección. El objetivo de la terapia no es convertirse en el centro de atención de cada lugar, sino recuperar la libertad de elegir qué querés hacer, hacia dónde querés dirigir tu energía y qué vínculos querés cultivar, sin que la ansiedad tome las decisiones por vos. Si sentís que el temor a la evaluación ajena está interfiriendo con tus proyectos o con tu bienestar y querés explorar herramientas para abordarlo en un marco cuidado, te invitamos a ingresar a la web de Hagamos Terapia. Allí vas a poder conocer las propuestas de profesionales independientes y consultar por el espacio que mejor se ajuste a lo que estás necesitando hoy. — Escrito por Hagamos Terapia
- Evaluación psicológica: qué es, para qué sirve y cuándo puede ser necesaria
Escuchar el término "evaluación psicológica" a veces puede generar cierta distancia o incluso un poco de temor. Es común asociar la palabra "evaluación" con la idea de un examen escolar, donde hay respuestas correctas, incorrectas y una nota final que determina si aprobamos o desaprobamos. Sin embargo, en el campo de la salud mental, una evaluación psicológica tiene un propósito completamente diferente. No se busca juzgar ni etiquetar a la persona, sino comprender su funcionamiento actual, sus fortalezas y sus desafíos para poder orientar los pasos a seguir de la manera más clara posible. En este artículo, te contamos en qué consiste este proceso, para qué sirve y en qué situaciones suele ser de utilidad. ¿Qué es realmente una evaluación psicológica? Una evaluación psicológica es un proceso estructurado y acotado en el tiempo (suele durar unas pocas sesiones) en el cual un profesional de la psicología utiliza diferentes herramientas para obtener un mapa detallado de ciertos aspectos de la persona. Estos aspectos pueden ser emocionales, conductuales, de la personalidad o cognitivos (como la atención, la memoria o las funciones ejecutivas). Para armar este rompecabezas, el profesional no se basa en una sola prueba. El proceso suele incluir: • Entrevistas clínicas: Conversaciones para conocer la historia de la persona, sus motivos de consulta y su realidad actual. • Técnicas y tests psicométricos o proyectivos: Cuestionarios, tareas visuales o ejercicios específicos que cuentan con respaldo científico y sirven para medir variables concretas. • Observación: La dinámica que se genera durante las sesiones individuales. Al finalizar, toda esta información se integra en un informe y se realiza una sesión de devolución, donde se comparten los resultados y las sugerencias con la persona consultante. ¿Cuándo puede ser necesaria o sugerida? La solicitud de una evaluación puede surgir por iniciativa propia o ser recomendada por profesionales de la salud (médicos, psiquiatras) o instituciones educativas y laborales. Estas son algunas de las situaciones más frecuentes donde suele ser necesaria: 1. Claridad en el motivo de consulta u orientación terapéutica A veces, una persona experimenta un malestar difuso (por ejemplo, fallas en la concentración, cambios bruscos de humor o una ansiedad que no sabe de dónde viene) y no logra identificar la raíz. Una evaluación clínica ayuda a esclarecer qué está sucediendo y permite entender qué tipo de abordaje o dinámica se ajusta mejor a lo que esa persona necesita en ese momento. 2. Identificación de perfiles cognitivos o neurodivergencias En los últimos años, creció notablemente la consulta de adultos que sospechan que sus dificultades cotidianas para organizarse, mantener la atención o interactuar socialmente podrían estar vinculadas a condiciones como el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) o el CEA (Condición del Espectro Autista). En estos casos, una evaluación neurocognitiva o diagnóstica es una herramienta clave para comprender el propio perfil de procesamiento. 3. Requerimientos institucionales o legales Existen ámbitos específicos que solicitan de forma obligatoria un informe psicológico para cumplir con normativas vigentes: • Ámbito laboral o académico: Evaluaciones psicotécnicas para el ingreso a determinados puestos de trabajo o licencias. • Aptos psicológicos: Solicitados para cirugías específicas, adopciones o la realización de ciertos trámites legales. • Ámbito forense o pericial: Informes requeridos en el marco de procesos judiciales. Mitos comunes sobre las evaluaciones Para transitar este proceso con tranquilidad, es importante derribar algunas creencias erróneas que suelen girar en torno a él: • "Tengo que prepararme para el test": No es posible (ni recomendable) estudiar para una evaluación psicológica. Las técnicas buscan registrar cómo sos y cómo funcionás habitualmente. Forzar las respuestas solo distorsiona el perfil y resta utilidad al proceso. • "Sirve para ver si estoy loco/a": Es una idea del pasado. Hoy sabemos que la evaluación es una herramienta de exploración. Su objetivo es aportar claridad y alivio, ayudando a las personas a entender por qué les cuesta lo que les cuesta y qué recursos tienen a favor. • "El resultado me va a definir para siempre": Una evaluación toma una foto del momento actual de la persona. El cerebro tiene plasticidad y las personas cambiamos, desarrollamos estrategias y nos transformamos a lo largo de la vida. El informe es una guía de ruta, no una sentencia. El valor de entender para avanzar El mayor beneficio de una evaluación psicológica es que ahorra tiempo y reduce la incertidumbre. En lugar de ensayar respuestas a ciegas frente al malestar, contar con un panorama claro te permite tomar decisiones más informadas sobre tu salud, tu educación o tu carrera profesional. Es un espacio colaborativo donde tu palabra y tu experiencia son la base para construir herramientas que te sirvan para el día a día. Si sentís que necesitás un proceso de evaluación para clarificar tu diagnóstico, presentar un requerimiento o simplemente entender mejor tus procesos actuales, te invitamos a explorar la plataforma de Hagamos Terapia. Ahí vas a poder consultar los perfiles de profesionales independientes para encontrar la propuesta que mejor se adapte a lo que estás buscando hoy. — Escrito por Hagamos Terapia
- Ansiedad: Cuando la mente es un tren que no puede detenerse
Es muy probable que, en más de una ocasión, hayas escuchado la famosa "Oración de la Serenidad": Acepta con serenidad lo que no puedes cambiar, ten el valor para cambiar lo que sí puedes y desarrolla la sabiduría para reconocer la diferencia. Para la mayoría de las personas, es muchísimo más fácil estar de acuerdo con esta frase que ponerla en práctica. La razón es sencilla: a menudo no sabemos qué cosas están bajo nuestro control y cuáles no. Como resultado, nos frustramos intentando cambiar lo inmodificable. Aquí es donde entra la Terapia de Aceptación y Compromiso (conocida como ACT). Su propósito no es darte una fórmula mágica de bienestar rápido ni eliminar tus emociones incómodas. ACT acepta que el dolor es parte de la experiencia humana. Lo que busca, en cambio, es reducir el sufrimiento aumentando tu vitalidad y tu capacidad para construir la vida que deseas. Consiste en aprender a "llevar contigo" el paquete completo (ansiedad, enojo, alegría, recuerdos) mientras te comprometes a caminar hacia lo que verdaderamente te importa. 1. Redefiniendo la ansiedad: De la lucha a la apertura Hay una verdad incómoda pero liberadora: la ansiedad es parte de la vida. Muchas personas logran vivir vidas ricas y plenas experimentando exactamente los mismos miedos y temores que tú sientes hoy. ¿Su secreto? No tienen ningún superpoder; simplemente han aprendido a poner a la ansiedad en su lugar correspondiente: como una partede sus vidas, pero no como la totalidad de ellas. Han dejado de luchar contra ella. Cuando vemos a la ansiedad como "el enemigo", nuestra relación con ella se vuelve hostil. Esto, paradójicamente, la alimenta y la fortalece, atrapándonos en un círculo vicioso de resistencia y malestar. Tú tienes el poder de tomar decisiones, pero elegir si tienes o no ansiedad no es una de ellas. Nadie elige asustarse o tener pánico. Sin embargo, lo que sí puedes elegir es el enfoque con el que vas a recibirla. No podemos evitar que aparezcan pensamientos o sensaciones desagradables de vez en cuando. Cuando corres con entusiasmo hacia tus metas, es inevitable que aparezcan todo tipo de emociones. No puedes tener una vida plena sin abrirle la puerta a todo el abanico de la experiencia humana. Ganar la guerra contra la ansiedad no significa destruirla; significa darle la bienvenida mientras sigues dando pasos firmes hacia tu vida. 2. El compromiso de ser humanos Aprender a relacionarte de otra manera con tu mente requiere práctica. Comprometerte con este proceso no significa que tengas que hacerlo todo perfecto o que nunca vayas a regresar a tus viejos hábitos. Habrá momentos en los que caigas en patrones antiguos, y eso está bien. Comprometerte significa, sencillamente, que estás dispuesto a hacer tu mejor esfuerzo. Si un día fallas a ese compromiso, no significa que hayas fracasado como persona. Trátate con amabilidad. Castigarte por el simple hecho de ser humano nunca ayuda; al contrario, es el camino más rápido para sentirte peor. 3. Un ejercicio experiencial: El expreso de los pensamientos Nuestra mente puede ser un lugar sumamente congestionado, a veces más que una gran estación de trenes en hora pico. Los "trenes de pensamiento" tienen la capacidad de transportarnos a lugares muy lejanos. A veces, esa capacidad es maravillosa y la llamamos creatividad; pero cuando la ansiedad toma el mando, la mente nos lleva a destinos que no nos ayudan en nada. Si sufres de mucha ansiedad, incluso un pensamiento que empieza en un lugar agradable puede terminar descarrilando hacia Ansiedadlandia. Por ejemplo, puedes pensar: "Qué lindo día hace hoy", y de inmediato tu mente activa la línea ferroviaria del "¿Y si...?": "¿Y si el clima cambia? ¿Y si el pronóstico se equivocó? ¿Y si viene una tormenta y destruye mi casa? ¿Y si lo pierdo todo y me quedo sin hogar?". De pronto, un día soleado te llevó a preocuparte por la indigencia. Cuando estás subido a uno de estos trenes, te sientes sacudido y mareado por la ansiedad. Pero si pudieras mirar los trenes desde arriba, verías pacíficamente cómo avanzan por las vías. No puedes detener los trenes de carga de tu mente —intentar frenar un tren en movimiento solo te dejará exhausto—, pero puedes aprender a verlos pasar sin subirte a bordo. Paso a paso para practicar en casa: • Busca un lugar cómodo: Siéntate o recuéstate en un lugar tranquilo. Cierra los ojos o entorna la mirada, toma un par de respiraciones profundas y permite que tu cuerpo se acomode. • Observa el tráfico mental: Empieza a notar los pensamientos que cruzan por tu mente. Algunos serán ruidosos y evidentes; otros, apenas un murmullo. Imagina que cada uno de ellos es un tren. • Toma distancia desde el cielo: Cuando te descubras atrapado por un pensamiento (como "Nunca voy a dejar de sentirme así"), imagínate elevándote hacia el cielo. Míralo desde arriba y di para tus adentros: "Ah, mira, ahí va el tren de 'nunca voy a dejar de sentirme así'", y déjalo rodar por las vías. • Regresa si te dejas llevar: Es completamente normal que te des cuenta de que te subiste a un tren y que ya viajaste varios kilómetros dentro de él. En el instante en que lo notes, no te juzgues. Usa ese momento para elevarte de nuevo hacia el cielo y mirar el tren desde la distancia, reconociendo que ese pensamiento es algo separado de ti. • Adopta una actitud de curiosidad y humor: No intentes discutir con los pensamientos ni forzarlos a detenerse. Es mucho más fácil bajarse del tren y observarlo con curiosidad que intentar pararlo con las manos. Practicar este ejercicio, aunque sea unos pocos minutos al día puede cambiar drásticamente la forma en que te relacionas con tu mente. Me encantaría que me contaras aquí abajo en los comentarios: ¿Lograste identificar a qué estaciones te suelen llevar tus trenes de pensamiento? ¿Cómo te sentiste al intentar mirarlos desde el andén o desde el cielo en lugar de viajar en ellos? ¡Te leo! — Escrito por Manuel Estrada
- Autoexigencia: qué es y cómo gestionarla cuando nunca parece suficiente
Autoexigencia: qué es y cómo gestionarla cuando nunca parece suficiente Terminás un proyecto importante, rendís un examen desafiante o cumplís con una meta que te había llevado meses de esfuerzo. Sin embargo, en lugar de sentir alivio o satisfacción, lo primero que aparece en tu mente es un pensamiento: "Podría haberlo hecho mejor" o "Bueno, ahora tengo que ponerme con lo siguiente". La línea de llegada se mueve constantemente y la sensación de logro nunca llega. Tener proyectos, querer superarse y buscar hacer las cosas bien son motores valiosos en la vida. El problema surge cuando esa búsqueda se transforma en una autoexigencia rígida y desmedida, donde tu valor como persona queda condicionado exclusivamente a tus resultados y a tu productividad. En este artículo, analizamos cómo funciona esta trampa invisible y de qué manera podés empezar a construir una relación más amable con tus propios procesos. ¿Qué es la autoexigencia y cuándo se vuelve un problema? Es útil diferenciar la motivación saludable de la autoexigencia disfuncional. La primera tiene que ver con el deseo de desarrollo personal; disfrutás del camino, te entusiasma aprender y, si las cosas no salen como esperabas, lo tomás como una experiencia para corregir el rumbo. La autoexigencia rígida, en cambio, no se disfruta. Funciona bajo la tiranía del "tengo que" y del "debería". No busca la excelencia por el placer de mejorar, sino por el miedo profundo a fallar, a no ser suficiente o a defraudar a los demás. Para la persona autoexigente, el error no es parte del aprendizaje: es visto como un fracaso personal que pone en duda su capacidad y su valor. Señales frecuentes de una autoexigencia desmedida A veces la autoexigencia está tan naturalizada que la confundimos con "ser responsables". Sin embargo, suele manifestarse a través de ciertos patrones cotidianos: • La meta móvil: No importa qué tan alto llegues, nunca es suficiente. La satisfacción dura apenas unos minutos antes de que aparezca la presión por el próximo objetivo. • Foco exclusivo en el error: Podés haber hecho el 95% de una tarea de forma impecable, pero tu atención y tus pensamientos se van a quedar atrapados en el 5% que falló o que quedó incompleto. • Dificultad para frenar sin culpa: El descanso se vive como una pérdida de tiempo o como algo que "todavía no te ganaste". Incluso en los momentos de ocio, la mente sigue repasando pendientes. • Parálisis por análisis (o procrastinación): Como el estándar que te ponés es tan alto y perfecto, el miedo a no alcanzarlo hace que postergues el inicio de las tareas, generando aún más ansiedad. El costo emocional: la trampa de la insatisfacción crónica Sostener este nivel de presión interna a lo largo del tiempo tiene un impacto directo en la salud mental. Cuando la autoexigencia toma el control, es común experimentar un desgaste que se traduce en estrés crónico, ansiedad y agotamiento emocional. Vincular tu autoestima únicamente a lo que producís o a lo bien que hacés las cosas te expone a una vulnerabilidad constante. Si tu valor depende de tu rendimiento, cualquier error cotidiano se siente como una amenaza directa a tu identidad. Herramientas para empezar a flexibilizar la mirada Desarmar la autoexigencia no significa volverse descuidado o dejar de tener metas. Significa aprender a exigirnos desde un lugar que nos cuide, no que nos destruya. Podés empezar a practicar estos pasos: • Revisar el diálogo interno: Empezá a registrar cómo te hablas cuando te equivocás. ¿Le dirías a un amigo las mismas palabras duras que te decís a vos mismo? Intentá cambiar los "tengo que" absolutos por opciones más flexibles, como "Me gustaría hacer esto hoy, pero si no llego, puedo continuarlo mañana". • Aprender a ponderar el contexto: Las cosas no siempre dependen al 100% de tu esfuerzo. Existen variables externas (el tiempo, la actitud de los demás, imprevistos) que no podés controlar. Aprender a diferenciar qué está en tus manos y qué no, alivia una gran parte de la carga. • Registrar y validar los avances: Forzate a hacer una pausa al final del día o de la semana para mirar lo que sí lograste, por más chico que parezca. Celebrar los procesos y no solo los resultados finales ayuda a entrenar la atención en lo constructivo. • Habitar el descanso como una necesidad, no como un premio: El descanso es biológica y psicológicamente indispensable para que el cerebro funcione bien. No necesitás "merecerlo" produciendo al máximo; cuidarte es un derecho diario. Aprender a flexibilizar estos niveles de exigencia tan arraigados suele ser un camino profundo. Muchas veces, estos patrones están asociados a mandatos familiares o a experiencias de la infancia que aprendimos a sostener para sentirnos seguros o valorados. Un espacio terapéutico es un lugar ideal para empezar a mirar estas dinámicas sin juzgarlas y encontrar formas de funcionamiento que se ajusten mejor a tu bienestar actual. Si sentís que la presión interna te está sobrepasando y querés explorar herramientas para aliviarla, te invitamos a buscar en la plataforma de Hagamos Terapia. Ahí vas a poder conocer los enfoques de profesionales independientes y elegir el espacio que mejor acompañe tu momento. — Escrito por Hagamos Terapia










