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La búsqueda de la perfección y su efecto paradójico

Foto del escritor: constanza.gascdaireaux
constanza.gascdaireaux
25 ago
4 min de lectura

Aprendimos a exigirnos

 

¿Dónde aprendimos que, si no es perfecto, no es suficiente?

A medirnos por nuestro rendimiento,

A no alojar el fracaso como parte del camino hacia el éxito,

A ver los errores como signos, como marcas íntimas que muestran nuestra debilidad y que deben ocultarse.

 

Vivimos en una cultura que recompensa la productividad y que asocia el valor personal con el rendimiento laboral y académico. Nos sumergimos en espacios sociales y educativos en donde se premian los resultados, más que el esfuerzo que llevan por detrás. En donde se mide, a través de datos, la ejecución. Y se impone que esta ejecución debe ser perfecta.

 

Un niño que obtiene buenas notas probablemente sea halagado por sus maestros y familiares. A través de su desempeño escolar, recibe amor y es celebrado por las personas significativas en su vida. En la vida adulta, esto se replica en el ámbito laboral. El cumplir metas, conseguir ascensos y cerrar el mes con estadísticas favorables se presentan como “hitos” que marcan el éxito laboral.

 

El perfeccionismo puede instalarse dentro nuestro como una especie de combustible que nos impulsa a conseguir nuestras metas y a desafiarnos más, permitiéndonos salir de nuestra zona de confort. Resulta adaptativo cuando nos permite acercarnos a nuestros objetivos, a eso que es valioso para nosotros, sin destruirnos si no obtenemos lo deseado. Es funcional cuando los resultados no determinan nuestro valor personal.

¿Cuándo es que la exigencia deja de ser saludable?

 

El problema emerge en la relación que construimos con el error y en la rigidez mental que puede acarrear esta perspectiva cuando el mismo se asocia a una falla personal.

Si el error es castigado y no se integra como parte intrínseca de los procesos de aprendizaje, puede, con el tiempo, comenzar a aparecer dentro nuestro una fuerte voz autocrítica. Esa voz externa, castigadora, se internaliza. Y es ahí donde el error funciona como amenaza hacia el yo. Entonces, por ejemplo, una mala nota pasa a ser interpretada como señal inequívoca de que uno no sirve para estudiar esa carrera, o que no es lo suficientemente bueno como para lograrlo.

 

“Si no apruebo el examen, soy un fracasado”

 

El perfeccionismo desadaptativo implica mantener altos estándares de desempeño y evaluarse a uno mismo en función de los logros alcanzados. Esta mirada implica rigidez, ya que se desestiman otros aspectos vitales que no se encuentran ligados al rendimiento.

La exigencia, en lugar de motor, comienza a ser una carga. Más que acercar a la persona a una vida valiosa, la comienza a alejar. Si no es perfecto, el trabajo no merece ser presentado. Si no resume hasta el último detalle de la bibliografía, no se puede presentar al examen. El miedo al juicio propio -y de los demás- bloquea, paraliza la acción. Entonces, la persona termina evitando exponerse a situaciones en donde podría ser evaluada.

 

Esta es la paradoja de la perfección: en la búsqueda de la excelencia, más difícil puede volverse simplemente empezar.

 

El miedo al error puede llevar a la procrastinación. La procrastinación funciona en el corto plazo porque genera alivio: postergar implica dejar a un lado las emociones incómodas que pueden aparecer en relación a la tarea como la ansiedad, la frustración y el miedo al juicio. Pero este alivio es temporal, y las consecuencias a largo plazo deterioran aún más la calidad de vida. La tarea queda pendiente, aparece la culpa y aumenta la ansiedad, junto a esa voz autocrítica por no haberlo hecho en el tiempo indicado.

 

Aparecen esos “debería”, reglas rígidas sobre cómo uno tendría que estar haciendo las cosas, sobre cómo uno tendría que estar viviendo, un todo-o-nada y la comparación social frente a personas que muestran un alto desempeño.

 

Cuando esto se mantiene en el tiempo, se puede generar el ámbito propicio para el desarrollo de cuadros de ansiedad y depresión. Sentir que el trabajo propio no es suficiente, que uno nunca va a ser suficiente, afecta la autoestima, la visión sobre el mundo y el futuro, así como la relación con los demás.

 

El ocio se limita y la persona se desconecta de actividades agradables, placenteras o significativas. En paralelo, al no exponerse, la persona reduce su participación en actividades que le generan sensación de dominio, competencia o logro. Entonces, no sólo pierde contacto con lo que le brinda placer, sino también con experiencias que le permiten sentirse capaz.

 

Incluso, cuando el logro llega, se atribuye a factores externos: “tuve suerte”, “era fácil”, “cualquiera hubiera podido hacerlo”. Ante el logro de una meta, no hay celebración, sino que se impone una meta aún mayor.

 

La persona se juzga a sí misma con una severidad con la cual no juzgaría a los demás. Espera el momento perfecto para tomar acción, esas condiciones ideales que nunca llegan, y la vida pasa. En esa espera, pierde oportunidades, experiencias y momentos valiosos.

 

Permitirse vivir, sin hacerlo perfecto

 

La terapia nos invita a reflexionar acerca de aquello que dejamos de hacer, a repensar la relación con nuestros errores y nuestros logros, a permitirnos probar, experimentar, aunque sea por curiosidad, a disfrutar de los procesos -sin esperar que sea todo perfecto- y a poder acercarnos un poquito más a eso que tanto nos importa.

 

No se trata de dejar a un lado nuestras metas ni de renunciar a aquello que queremos alcanzar. Se trata de hacerle lugar al propio deseo, más allá de los mandatos; de permitirnos equivocarnos, sin que eso no determine quienes somos, poder caerse y volver a intentar, vivir una vida imperfecta, con todos sus matices. Emprender un proyecto nuevo con dudas y miedos, presentarse a un examen confiando en lo aprendido; tolerar el no saber, la incertidumbre tan propia de la vida. Entender que no existe el momento perfecto, ni esa versión ideal nuestra que finalmente estará lista, y dejar de esperar a sentirnos completamente preparados para empezar a vivir.

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Escrito por Constanza Daireaux

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