El amor en tiempos de inmediatez
- Romina Malvestiti

- 23 jun
- 6 min de lectura
El amor en tiempos de inmediatez
En la clínica de los vínculos aparece cada vez con más frecuencia una escena que se repite: personas que desean construir una relación significativa, pero terminan cansadas o frustradas frente a la manera en que hoy se conocen, se sostienen o se interrumpen muchas relaciones.
Hay deseo de intimidad, pero también miedo a quedar demasiado implicado. Hay búsqueda de compañía, pero poca tolerancia a la frustración. Hay necesidad de encuentro, pero también una disponibilidad permanente de posibles vínculos alternativos que puede dificultar la construcción de una relación más sólida.
El amor, en este contexto, no queda por fuera del clima de época. También se ve atravesado por la rapidez, la comparación, la expectativa de satisfacción inmediata y la posibilidad de reemplazo.
El amor líquido y la fragilidad del compromiso
Zygmunt Bauman habló de amor líquido para describir una forma de vincularse propia de la modernidad contemporánea. Lo líquido no alude solamente a lo cambiante, sino a la dificultad de construir lazos sólidos en una época donde muchas relaciones quedan atravesadas por la disponibilidad, el consumo y el descarte. Son vínculos que muchas veces se forman con rapidez, pero también se diluyen con la misma velocidad cuando aparece la incomodidad, la frustración o la exigencia de un compromiso mayor.
Bauman también habla de relaciones que se conectan y se desconectan con facilidad. Vínculos que pueden sentirse intensos, pero que no siempre logran sostener profundidad. Relaciones que permanecen mientras resultan gratificantes o livianas, y que pueden interrumpirse cuando aparece el conflicto, la espera o la necesidad de construir algo en el tiempo.
Desde una mirada psicológica, esto no debe leerse solo como superficialidad. Muchas veces expresa una dificultad más profunda: tolerar la vulnerabilidad que implica amar.
Amar supone quedar afectado por otro. Supone reconocer que el otro importa, que su presencia tiene efectos, que sus respuestas movilizan y que sus ausencias también pueden doler.
Vínculos de bolsillo: cerca, pero no demasiado
Una de las imágenes más potentes de Bauman es la idea del “amor de bolsillo”: vínculos que se mantienen disponibles, pero sin exigir demasiada presencia, demasiada espera o demasiado compromiso.
Son relaciones que pueden activarse cuando se necesitan y desactivarse cuando incomodan. Parecen ofrecer compañía sin demasiada responsabilidad afectiva. Contacto sin verdadera construcción. Cercanía sin demasiada entrega.
En la clínica vincular, esta tensión aparece con frecuencia. Personas que desean sentirse elegidas, pero que también se angustian cuando elegir implica sostener una implicación más profunda. Personas que desean disponibilidad emocional, pero se sienten invadidas cuando el otro también la pide. Personas que buscan estabilidad, pero se angustian cuando esa estabilidad empieza a implicar compromiso.
El problema no es querer libertad. La autonomía es necesaria en cualquier vínculo saludable. El problema aparece cuando la libertad se confunde con disponibilidad para entrar y salir de las relaciones sin registrar el efecto que eso produce en el otro.
Las apps y la expectativa del encuentro perfecto
Las aplicaciones para conocer personas hacen visible una lógica muy propia de esta época. No son el problema en sí mismas. Para muchas personas son una vía legítima para iniciar encuentros o ampliar posibilidades.
Sin embargo, en el consultorio aparece con frecuencia otro costado: más que relatos de encuentros significativos, muchas veces escuchamos discursos marcados por la frustración, el cansancio y la sensación de una búsqueda que promete mucho, pero ofrece poco.
En las aplicaciones de citas, el otro puede quedar reducido con facilidad a un perfil dentro de un catálogo. Se mira, se compara, se descarta o se reemplaza, muchas veces sin registrar que detrás de esa imagen hay una persona con historia, deseo, expectativas y una forma singular de buscar construir unvínculo.
Cuando la lógica del consumo entra en la vida afectiva, el encuentro empieza a medirse en términos de rendimiento: si interesa rápido, si genera química inmediata, si responde como se espera, si encaja con la expectativa previa. De ese modo, el vínculo puede quedar evaluado antes de haber tenido tiempo real de construirse.
El problema no está en usar una aplicación, sino en la posición subjetiva desde la cual se entra en esa experiencia. Cuando la búsqueda queda tomada por la ilusión de disponibilidad infinita, el otro puede percibirse como una opción más dentro de un catálogo afectivo.
Tener muchas opciones para conocer personas no garantiza un encuentro amoroso. El amor no se construye desde la lógica de elegir entre perfiles, sino desde la posibilidad de reconocer al otro como alguien real, con historia, deseo, tiempos y expectativas propias.
Cuando el otro se vuelve reemplazable
La lógica de la inmediatez también puede instalar una idea silenciosa: si algo no satisface rápido, se cambia. Si algo incomoda, se evita. Si algo no fluye como se esperaba, se interpreta como señal de que no era por ahí.
En algunos casos, esa lectura es necesaria. Hay vínculos que no ofrecen cuidado, claridad ni reciprocidad. Hay relaciones que conviene terminar porque generan sufrimiento, confusión o daño.
Pero en otros casos, el otro se vuelve reemplazable y se reduce la posibilidad de elaborar y construir. En lugar de preguntarse qué ocurrió, qué se activó, qué necesita ser hablado o qué puede construirse, aparece la salida rápida: borrar, cortar, desaparecer, volver a buscar.
Esto empobrece la experiencia amorosa. No porque haya que sostener cualquier relación, sino porque un vínculo profundo requiere algo más que deseo inicial: tiempo, palabra, reparación y capacidad de atravesar cierta incomodidad sin convertirla inmediatamente en descarte.
La caída de la idealización
Todo vínculo amoroso comienza con alguna cuota de idealización. Al inicio se despiertan expectativas, entusiasmo y deseo. Se construye una imagen del otro y también una imagen de lo que ese vínculo podría llegar a ser.
El problema aparece cuando no hay recursos suficientes para atravesar la caída de esa idealización.
Con el tiempo, el otro empieza a mostrarse de manera más completa. Ya no es solo aquello que generaba deseo. También tiene límites, contradicciones, cansancio, historia, defensas, heridas y formas propias de vincularse.
Ese momento puede vivirse como decepción, aunque muchas veces marca el ingreso a una etapa más real de la relación.
La pregunta clínica no es si la intensidad del inicio se mantiene para siempre. La pregunta es qué ocurre cuando aparece la diferencia. Qué hace cada persona con la frustración. Cómo se comunica el malestar. Si hay posibilidad de escucha, reparación y construcción compartida.
Responsabilidad afectiva en tiempos de desconexión
En una época donde muchas relaciones pueden interrumpirse con un mensaje breve, un silencio prolongado o una desaparición repentina, la responsabilidad afectiva se vuelve un eje central.
No significa evitar todo malestar en el otro ni hacerse cargo de sus emociones como si fueran propias. Significa reconocer que las acciones, las omisiones, las palabras y los silencios tienen efectos.
Implica poder comunicar con claridad, no sostener ambigüedades innecesarias, no prometer lo que no se desea construir y no desaparecer como modo de evitar una conversación difícil.
El trabajo vincular ocurre entre lo que el otro hace, lo que eso despierta, la historia que cada persona trae y la posibilidad de hablarlo considerando la importancia de cuidar el vínculo.
Amar también requiere tiempo
Los procesos afectivos no siempre siguen el ritmo de la época.
Conocer a alguien lleva tiempo. Confiar lleva tiempo. Construir intimidad lleva tiempo. Reparar también lleva tiempo.
La inmediatez puede empujar a definir demasiado rápido lo que sentimos, qué somos para el otro o si vale la pena continuar. Pero muchos vínculos necesitan un tiempo de elaboración que no se puede forzar.
Dar tiempo no significa esperar indefinidamente ni aceptar cualquier condición. Significa permitir que la relación pueda desplegarse lo suficiente como para distinguir entre una dificultad transitoria, una diferencia posible de conversar y una incompatibilidad más profunda.
Sin ese tiempo, se corre el riesgo de abandonar vínculos valiosos por no tolerar la incertidumbre inicial. O sostener vínculos dañinos por confundir intensidad con amor.
Pensar el amor en tiempos acelerados
Pensar el amor en tiempos de inmediatez no implica idealizar formas antiguas de pareja. Muchas relaciones del pasado se sostenían por mandato, dependencia económica, culpa o silenciamiento del deseo.
El desafío no es volver atrás. El desafío es construir vínculos donde la libertad no se confunda con evitación, donde el compromiso no se viva como encierro y donde la autonomía no impida reconocer la necesidad legítima de otro.
Desde una perspectiva psicológica, amar no es solamente sentir atracción, compartir intereses o sostener intensidad. Amar también implica poder registrar al otro como sujeto, atravesar diferencias, construir acuerdos, reparar cuando hay daño y revisar la propia posición dentro del vínculo.
En una época que muchas veces invita a responder rápido, elegir rápido y reemplazar rápido, quizás una pregunta necesaria sea qué lugar queda para la elaboración, la presencia y la construcción emocional.
Porque un vínculo no se vuelve profundo solo por lo que despierta al comienzo. Se vuelve profundo cuando puede alojar algo de la realidad del otro, algo de la propia vulnerabilidad y algo del tiempo que todo encuentro humano necesita.
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Escrito por Romina Malvestiti




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